La regionalización fallida: se descentralizó el dinero, pero no la capacidad de gobernar
Por: Emilio Rossi Ferreyros

La regionalización peruana nació con una promesa ambiciosa: acercar el Estado a los ciudadanos, reducir las desigualdades territoriales y promover el desarrollo de las regiones. Más de dos décadas después, los resultados obligan a una reflexión crítica.
El problema no fue la falta de recursos. Durante los años de mayor crecimiento económico, el Perú transfirió miles de millones de soles a gobiernos regionales y locales mediante canon, regalías y otras fuentes de financiamiento. Sin embargo, en muchas regiones esos recursos no se tradujeron en mejores hospitales, colegios, carreteras ni servicios públicos de calidad.
El error de fondo fue creer que transferir presupuesto equivalía a generar de- sarrollo. Se descentralizó el dinero, pero no la capacidad de gestión, la calidad institucional ni los mecanismos de control.
Numerosos gobiernos regionales recibieron recursos extraordinarios sin contar con equipos técnicos capaces de planificar y ejecutar proyectos complejos. El resultado fue una combinación de baja ejecución, obras inconclusas, corrupción y proyectos de escaso impacto para la población.
La situación fue especialmente visible en varias regiones beneficiadas por la actividad minera. A pesar de haber recibido importantes recursos durante años, continúan enfrentando graves problemas de pobreza, informalidad y déficit de infraestructura.
Esto plantea una pregunta incómoda: ¿fue realmente el modelo económico el responsable de estos resultados o fueron las propias autoridades regionales in- capaces de administrar adecuadamente los recursos que recibieron gracias a ese mismo modelo?
Durante años, diversos líderes políticos construyeron un discurso que atribuía los problemas de sus regiones al centralismo limeño, al modelo económico o a la inversión privada. Sin embargo, pocas veces explicaron qué hicieron con los miles de millones de soles que tuvieron bajo su administración.
La contradicción es evidente. Gran parte de los recursos que financiaron los presupuestos regionales provinieron precisamente del crecimiento económico, de la inversión privada y de la actividad minera que muchos de esos dirigentes criticaban.
A ello se sumó la proliferación de movimientos regionales personalistas, muchas veces sin cuadros técnicos, sin planes de desarrollo sólidos y con escasos mecanismos de rendición de cuentas. En algunos casos, la descentralización terminó fortaleciendo pequeñas estructuras de poder local más preocupadas por administrar presupuestos que por generar resultados.
La experiencia internacional demuestra que la descentralización funciona cuando está acompañada de instituciones fuertes, profesionalización de la gestión pública y controles efectivos. El Perú hizo lo contrario: primero transfirió recursos y poder político, esperando que las capacidades aparecieran después.
Los resultados están a la vista. Después de más de veinte años, muchas regiones siguen mostrando enormes brechas sociales a pesar de haber recibido recursos históricos.
La lección es clara. El desarrollo no depende únicamente de cuánto dinero se asigna, sino de la capacidad para administrarlo correctamente. La descentralización puede ser una herramienta valiosa, pero cuando se descentraliza el dinero sin descentralizar la responsabilidad, el resultado suele ser más frustración que progreso.
Quizá el mayor error de la regionalización peruana fue creer que el problema era Lima. En muchos casos, el problema terminó estando en la forma en que se ejerció el poder en las propias regiones.
Y quizá la pregunta que aún espera respuesta sea la más importante de todas: ¿qué hicieron exactamente muchas autoridades regionales con los miles de mi- llones de soles que recibieron?
(*) Abogado
