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“El Perú parece vivir una fatiga emocional colectiva”

Analista Fernando Flores Limo advierte que en el Perú se confunde la educación con certificación y que pese a haber más universidades hay menos pensamiento crítico.

Por: Roberto Sánchez Reyes

El doctor Fernando Antonio Flores Limo, investigador, filósofo, docente universitario y especialista en epistemología, metodología e innovación educativa, en esta entrevista nos recibe con serenidad reflexiva.

Con hablar pausado, como quien cree todavía en el valor de las ideas en tiempos de inmediatez, mantiene su mirada que no evade el diagnóstico crítico, pero tampoco se instala en el pesimismo.

Refiere que el Perú parece vivir permanentemente al borde de algo: del colapso, de la indignación, del desencanto. En las calles, la sensación es contradictoria. Hay crecimiento económico pero desigualdad; más acceso a tecnología pero menos confianza; más universidades pero menos pensamiento crítico; más discursos políticos pero menos esperanza colectiva. La polarización electoral, la crisis institucional, la inseguridad ciudadana y el desencanto juvenil han instalado una pregunta silenciosa en millones de peruanos: ¿hacia dónde vamos como país?

Doctor Flores Limo, estamos frente a una nueva coyuntura electoral profundamente polarizada. ¿Cómo está viendo el país?

Mire, creo que el Perú vive una fatiga emocional colectiva. Hay cansancio, frustración, enojo… pero también mucho miedo. No estamos únicamente frente a una crisis política.

Sería demasiado simple reducirla a eso. El Perú enfrenta una crisis ética, educativa, institucional y, me atrevería a decir, una crisis del alma nacional.

Muchos ciudadanos sienten que trabajan mucho y reciben poco; que las instituciones no los representan; que la la política ya no escucha. Eso genera desencanto, resentimiento y polarización.

La segunda vuelta electoral suele intensificar esas emociones. Aparece el voto del miedo, el rechazo al adversario, la lógica del “mal menor”. Y eso es muy peligroso para una democracia.

Como ciudadano social consciente y hombre de letras ¿Le preocupa el momento político?

Claro que preocupa. Pero también creo que estos momentos de crisis son oportunidades históricas para replantearnos preguntas fundamentales. No basta preguntarnos quién debe gobernar. La pregunta más profunda es: ¿Qué país queremos construir?

Un país improvisado no se sostiene. Un país sin educación crítica termina atrapado en el populismo. Un país sin ética pública termina normalizando la corrupción. La democracia no sobrevive únicamente con elecciones; sobrevive cuando existen ciudadanos capaces de pensar.

Y ahí tenemos un enorme desafío pendiente. “La educación peruana ha olvidado formar seres humanos”.

Usted ha sido muy crítico con el sistema educativo peruano. ¿Dónde está el principal problema?

Voy a decir algo que quizá suene duro: la educación peruana, en muchos niveles, ha perdido profundidad humana. Hemos confundido educación con certificación. Creemos que educar es entregar títulos, aprobar exámenes o llenar formatos burocráticos.

Pero educar significa mucho más. Educar es formar conciencia, educar es enseñar a pensar, educar es ayudar a una persona a descubrir sentido en su vida.

Cuando un joven deja la escuela o la universidad sin capacidad crítica, sin ética, sin sensibilidad humana y sin herramientas intelectuales para comprender el mundo, hemos fracasado como sociedad.

¿Por qué en la coyuntura actual se percibe que muchos jóvenes sienten frustración respecto a su futuro?

Y los entiendo profundamente. Hay jóvenes extraordinarios, inteligentes, esforzados, pero viven con incertidumbre: no encuentran empleo digno, sienten que el mérito no siempre basta, observan corrupción y precariedad. Eso duele.

Pero también quiero decirles algo desde el corazón: no renuncien a ustedes mismos. Sé que el país puede ser injusto. Sé que muchas veces parece que el esfuerzo no alcanza. Pero ninguna sociedad cambia sin jóvenes preparados, críticos y éticamente fuertes.

El Perú necesita jóvenes que lean, investiguen, creen, emprendan, dialoguen y también cuestionen, no jóvenes resignados, no jóvenes indiferentes. Necesitamos una generación intelectualmente valiente.

«La pobreza más peligrosa es la pobreza del pensamiento”

¿Cuál considera usted la deuda más grande del Estado peruano?

La deuda educativa y moral. A veces creemos que la pobreza es solo económica. Claro que el hambre duele, la precariedad duele, la exclusión duele. Pero existe otra pobreza profundamente peligrosa: la pobreza del pensamiento.

Un pueblo que deja de reflexionar se vuelve vulnerable. Vulnerable frente a políticos manipuladores. Frente a discursos simplistas. Frente al odio. Frente a la mentira. Por eso siempre insisto: la filosofía no es un lujo intelectual; es una necesidad democrática. La capacidad de preguntar, argumentar y discernir protege a las sociedades.

La inteligencia artificial puede cambiarlo todo… pero no debe reemplazar lo humano.

Hoy la inteligencia artificial está transformándolo todo. ¿Debemos preocuparnos?

Sí, pero también debemos prepararnos. Estamos viviendo probablemente uno de los momentos más importantes de la historia humana. La inteligencia artificial está transformando educación, medicina, derecho, economía, investigación científica… prácticamente todo.

La pregunta no es si cambiará nuestras vidas, ya lo está haciendo. La verdadera pregunta es: ¿Cómo evitamos perder nuestra humanidad en medio del avance tecnológico?

En cuanto al temor de muchos por llegar a ser desplazados por la IA ¿usted le teme a la inteligencia artificial?

No, no le temo a la tecnología, le temo al uso irresponsable de la tecnología. La inteligencia artificial puede democratizar el conocimiento, ayudar a médicos, potenciar el aprendizaje y resolver problemas complejos. Pero también puede profundizar desigualdades, manipular información o reemplazar procesos humanos esenciales si no existe regulación ética.

La tecnología debe estar al servicio de la persona humana. Nunca al revés. Ese es uno de los grandes debates filosóficos de nuestro tiempo. No podemos construir un país sin esperanza.

Cree que en la actualidad habría mucha desesperanza en el país. ¿Usted es optimista?

Soy esperanzador. No es exactamente lo mismo. El optimismo a veces espera que todo salga bien. La esperanza trabaja para que algo pueda mejorar.

Y sí, tengo esperanza. Porque he visto estudiantes salir de contextos muy difíciles y convertirse en investigadores. He visto docentes que enseñan con enorme vocación pese a las carencias. He visto jóvenes brillantes creando soluciones tecnológicas desde regiones olvidadas.

El Perú tiene talento. Tiene inteligencia. Tiene creatividad. Lo que muchas veces no tiene son oportunidades ni instituciones suficientemente fuertes.

Pero eso puede cambiar. El gran proyecto nacional debería ser reconstruir la inteligencia del país.

Doctor, en medio de tantas dificultades… ¿Qué lo mueve a seguir investigando, enseñando y escribiendo?

(Ríe levemente y hace una pausa larga).

Tal vez una convicción muy simple: todavía creo en las personas. Creo profundamente en el potencial humano. Creo que una conversación puede cambiar una vida. Que un maestro puede cambiar el destino de un estudiante. Que una idea puede cambiar una sociedad. Y creo, sobre todo, que el Perú merece algo mejor.

No podemos acostumbrarnos al deterioro moral ni a la mediocridad intelectual. Tenemos derecho a soñar un país más justo, más culto, más humano. Y ese sueño empieza por algo muy sencillo, pero profundamente revolucionario: aprender a pensar juntos.

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