Opinión

La trampa de la omnipotencia: el poder de dejarse ayudar para liderar con grandeza

Por: José Castillo Carazas

Durante años fui el “gerente cabezón”: el que cree que liderar consiste en tener siempre la respuesta, no mostrar dudas y cargar en silencio con cada problema. Construí mi carrera bajo esa lógica y, por un tiempo, funcionó. O eso creía. La realidad terminó cobrándome la cuenta. En el trabajo, la presión por los resultados me asfixiaba. Mi equipo me sentía distante. Decisiones estratégicas que antes tomaba con soltura empezaron a parecerme montañas imposibles. En casa, el desgaste era igual de evidente: cenas frías, silencios largos y una desconexión con mi familia. Parecía que solo sabía trabajar. Mientras más me enfocaba en producir, menos espacio dejaba para atender las heridas que el mundo laboral va abriendo con los años. Empujado por esa sensación de pérdida, y por ver a otros proyectar una seguridad que yo no sentía, acepté probar una asesoría de coaching ontológico. Llegué a la primera sesión con los brazos cruzados, la mandíbula tensa y muchas dudas. Salí con una revelación liberadora: no tenía por qué sostener solo el peso del mundo.

Mi historia está lejos de ser excepcional. En los pasillos de la alta dirección persiste una idea extendida como peligrosa: la de que un líder debe ser invulnerable. Muchas personas en posiciones de poder evitan hablar de sus conflictos porque creen que, por orgullo o por jerarquía, deberían poder resolverlo todo sin ayuda. Sin embargo, la lógica es otra. Cuando un médico se enferma, también va al médico. ¿Por qué un líder, responsable del rumbo de una organización y del bienestar de muchas personas, habría de negarse a recibir apoyo profesional cuando su perspectiva se nubla y sus fuerzas empiezan a fallar?

Por eso resulta vital que quienes toman decisiones se permitan entrar en espacios de autoevaluación. El coaching ontológico no es un salvavidas para débiles, sino un espejo para valientes. Acompañado por un tercero, el líder puede identificar sus puntos ciegos, revisar los juicios que lo limitan y reconstruir su manera de relacionarse con el entorno. Solo cuando un gerente entiende sus barreras internas encuentra la fuerza necesaria para enfrentar los desafíos de su organización con más claridad, resiliencia y criterio.

Ese proceso de introspección también evita una desconexión peligrosa. Un directivo que ignora sus emociones termina alejándose de su familia, de su equipo y de las señales del mercado. En cambio, cuando se conoce mejor, sana y reorganiza prioridades, comprende con profundidad el impacto real de sus decisiones, no solo en los indicadores de la empresa, sino también en el clima laboral y en su propia vida personal.

Liderar con el ejemplo no significa ser perfecto ni vivir sin miedo, fatiga o dudas. Significa tener la humildad de reconocer cuándo hace falta detenerse para afilar el hacha y la sabiduría para buscar ayuda a tiempo. Cuando un gerente se abre, se evalúa y se deja sostener en momentos críticos, no pierde autoridad. Gana humanidad, inspira respeto y adquiere la lucidez necesaria para conducir a su organización hacia un éxito más auténtico y sostenible.

(*) Contador público colegiado y máster en Banca y Finanzas.

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