Sin propuestas serias no hay futuro ¿qué será de nuestro futuro?
Por: Rafael Velásquez Soriano

En tiempo electorales abundan los discursos cargados de optimismo y ofrecimientos que buscan conectar rápidamente con la ciudadanía. Sin embargo, no todas las promesas tienen el mismo valor, porque algunas responden a diagnósticos serios, pero otras se construyen sin sustento técnico. Esto sin duda debilita la confianza en el sector público.
De acuerdo con el informe Latin America Outlook del Banco Mundial, uno de los principales desafíos que enfrenta Sudamérica es la baja calidad del gasto público y la dificultad para ejecutar políticas sostenibles en el tiempo. Esto se relaciona directamente con propuestas que no tienen viabilidad fiscal ni impacto real. Estos datos muestran que no basta con prometer, también es necesario saber cómo cumplir.
Una propuesta seria no solo plantea objetivos, explica los medios para alcanzarlos y además, implica definir prioridades, estimar costos y establecer plazos razonables. Gobernar no es improvisar, es tomar decisiones informadas que respondan a la realidad del país. Sin ese nivel de claridad, cualquier ofrecimiento se convierte en una ilusión pasajera.
A lo largo de las últimas elecciones he visto que muchas campañas caen en la tentación de simplificar problemas complejos tales como la pobreza, la inseguridad o la informalidad, las cuales no se resuelven con medidas aisladas ni con anuncios inmediatos. Se requieren políticas articuladas, continuidad en el tiempo (muy importante) y equipos preparados. Reducir estos temas a consignas es una forma de evadir su verdadera dimensión. En ese sentido, creo que el elector tiene un rol fundamental frente a este escenario, porque no basta con escuchar lo que se promete, sino analizar si esas propuestas son posibles. Preguntarse de dónde saldrán los recursos, qué cambios implican y qué efectos generarán. Ese ejercicio fortalecerá la calidad del voto.
De esta forma, las propuestas sin sustento pueden generar expectativas que luego terminan en frustración, porque cuando la realidad no coincide con lo prometido, la confianza se erosiona y el desencanto crece. Ese ciclo se repite en muchos procesos políticos y termina afectando la estabilidad institucional.
Recuerden, un país no se construye con anuncios llamativos, sino con decisiones responsables y que sean viables a corto o mediano plazo. Las campañas deberían ser espacios para debatir ideas concretas y no solo para competir en promesas. La ciudadanía merece conocer no solo el qué, sino cómo y cuándo se harán realidad en tiempo real.
En política, la diferencia entre ilusionar y gobernar es enorme, ya que las palabras pueden entusiasmar en campaña, pero son las decisiones las que marcan el rumbo de una sociedad. Por eso, exigir propuestas serias no es un exceso de rigor sino una necesidad, porque sólo así se puede aspirar a construir un futuro que no dependa de promesas, sino de resultados concretos.
*Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima

