
En tiempos electorales es fácil dejarse llevar por la emoción del momento. Un discurso que entusiasma, una frase que se vuelve viral o una personalidad carismática pueden generar la sensación de cercanía que muchos ciudadanos buscan. Pero gobernar un país exige mucho más que conectar bien con el público; exige criterio, carácter y capacidad para tomar decisiones difíciles, incluso cuando no generan aplausos.
En cada campaña he visto cómo la popularidad suele confundirse con liderazgo. Pero la primera depende de la percepción del momento y la segunda se demuestra cuando hay que asumir costos, corregir rumbos y pensar en el largo plazo. La popularidad busca aprobación inmediata, mientras que el liderazgo construye resultados sostenibles. Converso con ciudadanos de distintas edades y noto que muchos valoran que un candidato “caiga bien” o “hable bonito”. Es comprensible, porque todos queremos sentir confianza. Sin embargo, la historia política muestra que el carisma sin rumbo puede terminar en frustración. Un país no se gestiona con promesas ingeniosas y vacías, sino con decisiones responsables que a veces implican decir cosas que la gente no quiere escuchar.
También es cierto que el liderazgo no significa frialdad ni distancia. Un buen líder escucha, dialoga y trabaja en equipo, y llegado el momento toma la decisión final. Pero esa decisión se basa en el bienestar general, no en la siguiente encuesta. Esa diferencia, aunque parezca sutil, marca el destino de una gestión.
Como ciudadano, me preocupa que a veces evaluemos a quienes aspiran a gobernar como si el cargo fuera un concurso de simpatía. Elegir a un presidente es elegir a la persona que tomará decisiones sobre seguridad, economía, salud, educación y oportunidades para millones. Es quien definirá el rumbo de nuestro país durante los próximos cinco años.
Quizá el reto para nosotros como electores sea mirar más allá del momento. Preguntarnos no solo quién nos agrada, sino quién está preparado para sostener el peso de gobernar; quién tiene un equipo técnico conformado por profesionales con experiencia comprobada y propuestas viables para afrontar la difícil situación que atraviesa el Perú.
Porque al final, los aplausos duran segundos, pero las decisiones de un mandatario se sienten por años. Cuando termina la campaña, desaparecen los discursos y queda la realidad. No vivimos de promesas, sino de resultados. Y es allí cuando entendemos la verdadera importancia de votar a conciencia.
(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima.

