Opinión

Lo que nos dejó la pandemia

Por: Rafael Velásquez Soriano

Hay temas que no siempre aparecen en las encuestas ni en los debates, pero que condicionan profundamente la vida cotidiana de las familias peruanas. La pandemia por la enfermedad del COVID-19 afectó enormemente la salud mental de muchos peruanos que hoy se sienten ignorados por el Estado y relegados al olvido.

Según reportes del Ministerio de Salud, antes de la pandemia la demanda de atención en salud mental era menor, pero ese panorama cambió de forma evidente. Entre 2009 y 2022, las atenciones pasaron de poco más de 400 mil a más de un millón cuatrocientas mil, principalmente por cuadros de ansiedad, depresión y otros trastornos que se hicieron más visibles tras la emergencia sanitaria. Esto sólo es el reflejo de personas que cargan con el peso de meses de aislamiento, miedo, pérdidas y una vida cotidiana que cambió de golpe.

He conversado con padres que me cuentan de sus hijos que entraron a clases con entusiasmo, pero que en los últimos años enfrentan ansiedad para concentrarse. También escucho a jóvenes que sienten que deben aparentar estar bien cuando por dentro se sienten agotados. Tengo amigos que han perdido el sueño o viven con una tensión que no desaparece al terminar el día. Estos relatos suelen decir más que cualquier estadística.

No puedo evitar pensar en cómo nuestra sociedad ha enfrentado esta transformación silenciosa. La pandemia nos enseñó que la salud no es solo ausencia de enfermedad física, es también tener bienestar emocional, sentirse acompañado y saber que no estamos solos ante nuestros temores. Sin embargo, muchas familias sienten que este otro lado de la salud quedó relegado a un segundo plano.

Por ello, el próximo presidente del Perú no puede dejar pasar lo que dejó la pandemia en nuestra vida emocional. Debe desarrollar políticas públicas que fortalezcan los servicios de salud mental, que los integren al sistema de salud básico y que promuevan apoyo emocional desde las escuelas, los barrios y las comunidades. Hay que optimizar la presencia de psicólogos, el acceso a terapias, y la formación de docentes para identificar señales de riesgo.

Pero más allá de todo, lo que hay que hacer es recuperar la capacidad de escucharnos sin juzgar, de cuidar las emociones tanto como cuidamos nuestro cuerpo. Haber vivido la pandemia fue un recordatorio doloroso de que nadie está inmunizado contra el desgaste emocional.

Lo que nos dejó la pandemia no se resume en cifras ni en años de reportes. Nos dejó una lección sobre nuestra vulnerabilidad y sobre la importancia de cuidarnos entre nosotros. Si algo debemos aprender es que el bienestar emocional no es un lujo, sino parte esencial de nuestra vida diaria.

(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima

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