
La noche del miércoles 11 de febrero de 2026 quedará grabada en la memoria del hincha blanquiazul, no por una gesta heroica, sino por ser el epitafio de una de las crisis institucionales y deportivas más agudas de los últimos años. Luego de haber perdido en el partido de ida cuando Pablo Guede utilizó una alineación inédita, el aficionado aliancista esperaba que en Matute le diera vuelta al resultado y acudió masivamente al Coloso de La Victoria. Ello no sucedió y el empate 1-1 ante el modesto Club 2 de Mayo de Paraguay (debutante en la Copa Libertadores y antepenúltimo en la liga paraguaya) en el Estadio Alejandro Villanueva sentenció la eliminación de Alianza Lima en la Fase 1 de la Copa Libertadores, un resultado que trasciende lo deportivo para desnudarse como la consecuencia lógica de un vestuario roto y una dirigencia que parece haber perdido el timón.
Alianza Lima llegó al partido de vuelta con la obligación de remontar el 1-0 sufrido en Pedro Juan Caballero. Sin embargo, el equipo de Guede se mostró inconexo, lento y carente de respuestas anímicas. En las postrimerías del primer tiempo tuvo la ocasión de adelantar el marcador, pero Eryc Castillo falló un penal que debió haber sido ejecutado por su capitán y goleador, Paolo Guerrero. Luego del partido el experimentado y veterano delantero indicó que no se sintió con confianza para patearlo, increíble pero cierto. En el segundo tiempo, el gol de Luis Advíncula encendió una chispa de esperanza que se apagó definitivamente con el empate conseguido de penal por el recién ingresado Brahian Ayala.
Más allá del análisis táctico, el verdadero partido se perdió semanas antes, en los pasillos del hotel de la pretemporada en Montevideo. Mientras el comando técnico preparaba al equipo en Uruguay, Carlos Zambrano, Miguel Trauco y Sergio Peña cometían graves actos de indisciplina, que inclusive podrían tener consecuencias penales.
Esta eliminación temprana ante el bisoño 2 de Mayo no solo daña la imagen internacional de Alianza sino que también afectará severamente las arcas blanquiazules que pierden los ingresos millonarios que perciben los clubes por avanzar de fase en la Copa Libertadores.
Alianza Lima deberá reconstruirse sobre los escombros de una eliminación prematura y vergonzosa. La salida de figuras de peso y por la puerta de atrás, obliga a una reestructuración que no puede esperar al próximo año. La hinchada, que cumplió llenando el estadio y alentando al equipo, exige responsabilidades que vayan más allá de los jugadores.
El 2026 arrancó con el pie izquierdo. Si la dirigencia no logra erradicar la cultura de la impunidad y profesionalizar verdaderamente el entorno del primer equipo, el título nacional será una quimera y las noches de Copa, un suplicio recurrente.
(*) Periodista deportivo.
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