Opinión

El profundo sentido del pesebre

Por: Luciano Revoredo

En Belén, cuando la noche caía sobre los cerros, en lo alto brillaba una estrella nunca vista, cantaban los ángeles y los pastores cuidaban sus rebaños, no nació un niño cualquiera. Nació quien ya estaba escrito en las antiguas profecías. No vino entre sedas ni mármoles, sino entre paja, animales y piedra. María lo envolvió en pañales y lo colocó en un pesebre, ese humilde comedero de piedra donde se alimentan las bestias. Y en ese gesto sencillo estaba escondido un mensaje inmenso. Belén no era solo una aldea perdida en Judea. Era la tierra de los corderos. 

Según se sabe allí se criaban muchos de los animales que luego serían llevados al Templo de Jerusalén para el sacrificio. Los pastores que escucharon a los ángeles no eran campesinos comunes: muchos de ellos cuidaban rebaños destinados al altar. Sabían reconocer un cordero perfecto, sin mancha ni herida, digno de ser ofrecido. Precisamente al nacer estos corderos los examinaban y limpiaban con paños en el pesebre. Y ahora, en el mismo lugar donde nacían esos corderos, nacía un niño. 

Un niño envuelto como los corderitos sin mancha, recostado en el sitio donde se ponía el alimento y donde se cuidaba lo que debía ser puro para el altar del sacrificio. Como si el cielo quisiera decirlo sin palabras: este también es un Cordero. No uno más, sino el definitivo. El Cordero de Dios que quitará los pecados del mundo. Siglos antes, Isaías había hablado de un Siervo llevado como cordero al matadero, cargando con los pecados de muchos. Y Miqueas había señalado Belén como la cuna del Mesías. Todo confluía en esa escena humilde, silenciosa, casi invisible al mundo. 

Ese niño no vino solo con pañales: vino ya con una cruz invisible sobre los hombros. Desde la primera noche, su destino estaba marcado. El pesebre era el primer anuncio del Calvario, la cuna era ya la antesala del sacrificio. Nació para vivir, sí, pero sobre todo para entregarse por la humanidad y Santa María, Mediadora de todas las Gracias y Corredentora del género humano,  lo sabía y guardaba todas esas cosas en su corazón. No había tronos ni coronas, solo un pesebre de piedra. Pero ese pesebre era ya un altar. Allí reposaba el que más tarde diría que Él es el pan de vida, el que se partiría por los suyos.

 El Mesías nació donde se colocaba el alimento, porque vino a darse como alimento. Nació entre animales, porque vino a cargar con lo que somos. Nació pobre, porque vino a enriquecer a todos. Por eso la Navidad no es solo una historia tierna. Es una profecía cumplida. Es el comienzo de la redención. Es la noche en que el Cordero de Dios llegó al mundo… llevando desde el primer aliento la Cruz con Él. 

( *) Analista político.

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