
Hace poco estuve en China invitado por sus autoridades en compañía de una delegación internacional, y de mi amigo y expresidente del Parlamento Andino, Gustavo Pacheco, y francamente quedé maravillado de ese gran país, de esa enorme nación, que desde mi punto de vista es la primera potencia mundial en todos los aspectos: económico, político y social. China es otra civilización, otra cultura, otro planeta con respecto al occidente, al que nada tiene que envidiar, sino todo lo contrario.
Desde 1978 con la asunción al poder de su líder Deng Xiaoping, China ha iniciado una profunda transformación, por primera vez en su historia un crecimiento hacia afuera, dejando aumentar las fuerzas de la naturaleza y la sociedad. Un inmenso cambio de mentalidad y el efecto ha sido abrumador para otras economías y sistemas políticos.
La globalización y el ascenso de China representan dos procesos históricos, uno impulsado por la tecnología de la información y la comunicación potenciando la producción y el consumo, el otro, es el vertiginoso ascenso de China como potencia económica, social y cultural guiada por la premisa de Deng Xiaoping: “el desarrollo es el principio absoluto” y con su famosa frase: “no importa de qué color sea el gato, lo importante es que cace ratones”.
Como bien decía Alan García, todo ello cimentado dentro de una tradición milenaria del pensamiento de Confucio. Por ello, siguiendo al filósofo y educador Confucio, el gran éxito de China como civilización y cultura radica en el propio elemento de ser chino, esto es la piedad filial, la familia y sus relaciones de obediencia y autoridad entre padres e hijos. En segundo término, la aceptación de jerarquía como elemento natural; en tercer lugar, la movilización masiva del trabajo como conjunto y la primacía del concepto de grupo, para los chinos, al revés que, para los occidentales, más importante es el valor del colectivo que el individualismo.
Asimismo, el reconocimiento del funcionario que con una ética de servicio y obligación alcanza nivel de virtud debido a sus méritos. En China se privilegia la meritocracia. Por otro lado, Confucio había definido las artes que desarrollan el carácter: la escritura, las matemáticas, la música, la ceremonia. Otro aspecto Confuciano es la aceptación de la naturaleza y de la vida como un hecho incuestionable y evidente, a diferencia de nuestra cultura greco romana, los chinos tienen poco interés por lo trágico o metafísico, para los chinos todo está en la naturaleza. Mientras en occidente hablamos de gobiernos, personas o mesías, en China se entienden los ciclos y las dinastías como etapas cada una de ellas con una duración pluri centenaria.
Viví esta gran experiencia en un país con orden, sin delincuencia, ni asaltos ni asesinatos que es moneda corriente en países occidentales denominados potencias mundiales como Estados Unidos donde lamentablemente se mata hasta por sospecha, donde la sicopatía criminal ha llegado a límites escabrosos. Saludo la amabilidad, amistad y generosidad de los chinos para con nosotros, que, a veces, es difícil encontrar en el mundo occidental.
(*) Exvicepresidente del Perú.
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