Opinión

A casi dos meses del momento electoral

Por: Ángel Delgado Silva

Decía un amigo: “tan cerca del 12 de abril y no pasa nada”. No le falta razón, en efecto. Las encuestas –a pesar de sus veleidades–, imprescindibles para ensayar pronósticos, registran datos congelados desde el año pasado. Casi nula variación. Como si las agujas que detectan la opinión permanecieran inamovibles. Sin ningún cambio significativo. ¡Muy extraño! La metástasis de candidaturas para todos los gustos debería contradecir ese pasmo y ofrecernos un panorama más polícromo. Pero pareciera que ni la pléyade de postulantes ni la frondosa oferta partidaria entusiasman. No conmueven lo suficiente. Y persiste el escepticismo, el alicaído humor ciudadano. ¡Por lo menos, todavía!

Igualmente, es motivo de asombro que los protagonistas, los que ocupan los primeros lugares demoscópicos, reciban un apoyo medroso. Solo uno de ellos roza apenas los dos dígitos. Sin duda, la explicación no reposa en el escaso conocimiento o poca visibilidad. Ni el exalcalde de Lima –en campaña años atrás–, ni la señora Fujimori, veterana de estas lides, ni el popular comediante Carlos Álvarez son personajes desconocidos. En consecuencia, la razón de no contar con preferencias superiores al 20%, como sería lo natural, obedece a causas distintas. ¡Es menester un análisis más prolijo para tener mejores respuestas!

Esta verificación no conduce a indagar por el lado del mercado electoral y dejar, por el momento, a los contendientes. Las primeras observaciones nos dan cuenta de una desazón generalizada y profunda entre la población. Y aunque no es novedad, en esta oportunidad está llegando a cimas inimaginables. Nunca como ahora, la otrora apatía ha mutado en un rechazo manifiesto y beligerante. Algún candidato al Parlamento nos cuenta que el caminar por las calles entregando propaganda, como siempre ha sido, está resultando negativo e, incluso, peligroso.

La estadística refleja este ánimo: un amplísimo porcentaje aún no define su voto; las preferencias son lábiles y podrían modificarse mañana. Pero lo más grave es la constatación de que un grueso sector ciudadano expresa total hostilidad al proceso electoral en sí.

Este lamentable escenario en absoluto es gratuito o fruto de alguna nefasta fatalidad. Ha sido producto de la acumulación de ingentes errores que vienen de atrás. Pero también de actuaciones deliberadas destinadas a pervertir la política con innovaciones funestas y modelos importados de efectos deletéreos. No otra cosa fue la reforma vizcarrista, impulsada por Tuesta y sus “notables”. Nunca, desde entonces, la parafernalia electoral ha sido tan penosa y corrupta. Y, como era de esperar, de este inicuo engendro nace la esperpéntica representación congresal, peor cada temporada. Así como inquilinos de Palacio como Castillo, Boluarte y Jerí.

Los 80 millones de soles para la franja electoral que el Estado ofrece a pseudo partidos son la elocuente prueba de esta descomposición política y moral.

(*) Abogado constitucionalista.

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