Opinión

La cultura del diálogo en tiempos de polarización

Por: Rafael Velásquez Soriano

La política siempre ha estado marcada por diferencias, pero en los últimos años esas diferencias parecen haberse convertido en trincheras. Hoy no solo se discrepa, se descalifica y se agrede. El debate público se ha llenado de etiquetas y sospechas. Cuando el desacuerdo se transforma en enemistad, la convivencia democrática empieza a resentirse.

Un estudio del Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la PUCP ha señalado que la percepción de polarización política en el Perú ha aumentado en la última década, especialmente en periodos electorales. También revisé que investigaciones del Pew Research Center en América Latina evidencian que una parte creciente de ciudadanos percibe a quienes piensan distinto como una amenaza. Estas cifras muestran que la distancia no es solo ideológica, sino emocional.

 La polarización no surge de la nada, sino que se alimenta de discursos extremos, de redes sociales que amplifican conflictos y de liderazgos que prefieren la confrontación al acuerdo. Lo preocupante es que el diálogo deja de verse como fortaleza y comienza a interpretarse como debilidad. Sin embargo, ninguna democracia madura puede sostenerse sin capacidad de conversación.

 Recuperar la cultura del diálogo no significa renunciar a las convicciones sino aprender a defenderlas sin destruir puentes, porque la firmeza no está reñida con el respeto. Cuando la discusión pública se reduce a gritos, entonces todos perdemos capacidad de construir soluciones compartidas. 

También creo que el diálogo exige paciencia y escuchar, características que requieren disposición real de comprender uno al otro. No se trata de ceder siempre, sino de entender que la política es negociación permanente. Está demostrado que las grandes reformas de la historia nacieron de acuerdos, no de imposiciones. 

Nuestro país enfrenta desafíos complejos que no admiten respuestas simples ni unilaterales. La seguridad, empleo, educación y salud requieren consensos básicos que trasciendan banderas partidarias. Sin diálogo, cada cambio se convierte en conflicto y cada propuesta en motivo de ruptura. 

La confrontación constante termina paralizando decisiones necesarias. En una sociedad plural, pensar distinto es natural. Lo que no es saludable es asumir que quien discrepa debe ser excluido. La democracia necesita debate, pero también necesita respeto.

 Sin esa base mínima, el sistema se vuelve frágil. Promovamos la cultura del diálogo que no es un gesto simbólico sino una herramienta de estabilidad. Un país que conversa es un país que encuentra caminos intermedios. Pero cuando el desacuerdo se gestiona con respeto, la política deja de ser campo de batalla y vuelve a ser un espacio de construcción que termina beneficiando a todos los ciudadanos. 

(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima.

* La Dirección periodística no se responsabiliza por los artículos firmados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba