
Las reglas del juego no suelen llamar la atención cuando todo marcha bien. Están allí, silenciosas, ordenando la convivencia y dando marco a nuestras diferencias. El problema surge cuando alguien decide que puede saltarlas porque el resultado no le favorece. En ese momento la democracia empieza a perder firmeza, aunque todavía conserve su apariencia.
Los datos ayudan a entender por qué este tema no es menor. Según el portal Latinobarómetro 2023, solo el 48 % de ciudadanos en América Latina afirma que la democracia es la mejor forma de gobierno, y en el Perú el respaldo ha mostrado altibajos importantes en los últimos años. En tanto, IDEA Internacional advierte retrocesos en la calidad democrática en la región. No son simples números; reflejan una relación cada vez más frágil entre ciudadanos e instituciones.
Aceptar las reglas implica reconocer límites, incluso cuando no estamos de acuerdo con el resultado. Significa comprender que la Constitución, las leyes y los organismos electorales existen para garantizar equilibrio. Sin ese respeto básico, cada proceso se convierte en una disputa permanente. Cuando todo se discute fuera del marco legal, la incertidumbre reemplaza a la estabilidad.
Muchas veces se confunde firmeza política con confrontación constante. Defender ideas es legítimo, pero desconocer normas porque no nos convienen es otra cosa. La democracia requiere convicción, pero también disciplina institucional. No todo puede resolverse a través de la presión o del ruido que hoy se amplifica con facilidad en las redes sociales.
El respeto democrático no es solo tarea de las autoridades. La ciudadanía influye cuando rechaza la violencia, exige transparencia y participa con responsabilidad. La cultura institucional no se impone por decreto; se construye con hábitos. Cada gesto de respeto a la norma fortalece el sistema, aunque parezca pequeño.
Es cierto que las reglas pueden incomodar, especialmente en momentos de derrota o tensión política. Sin embargo, su verdadero valor aparece precisamente en esas circunstancias. Son el límite que evita que la diferencia se convierta en ruptura. Sin ellas, cualquier proyecto de gobierno pierde estabilidad.
Al final, la democracia no se sostiene únicamente con votos, sino con la voluntad colectiva de respetar el marco que los hace posibles. Cuando aceptamos las reglas incluso en la adversidad, demostramos madurez política. Sin ese compromiso básico, ningún sistema democrático logra resistir por mucho tiempo. Cuidar nuestras reglas es también cuidar el futuro del país.
(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima