Opinión

Willy Colón: El trombón de la libertad

Por: Luciano Revoredo

Escribo este artículo ante la noticia de la muerte de Willy Colón. En el silencio de mi biblioteca he colocado mi mejor parlante y suena potente su trombón insolente en la introducción de “Idilio”. Todavía recuerdo aquellas primeras veces en los setenta, en las primeras fiestas de la secundaria, cuando el sonido de su trombón, crudo, desafiante y díscolo, empezó a filtrarse en nuestras vidas como una ráfaga de aire fresco y peligroso que venía desde el Bronx.

En los ochenta, esa conexión se hizo aún más profunda; Willy Colón no era solo un músico, era el arquitecto de una identidad latina que elevó la salsa a la categoría de crónica social, épica y urbana. Basta recordar sus arreglos y colaboraciones con Héctor Lavoe y luego esa sociedad única con Rubén Blades, que llegó a Lima a inicios de los 80s y que nos permitió escuchar en vivo en medio de una multitud delirante ese himno llamado Pedro Navaja. Pero respecto a Willy Colón, para mí, y lo digo con la convicción de quien en aquellos años que pasamos vertiginosamente de la vieja radiola Telefunken, a los casetes y luego a los CDs , no hay discusión posible: su versión de “Idilio” es, sencillamente, la cima. Es probablemente la mejor pieza de salsa de la historia. Aunque muchos no lo saben es una vieja pieza compuesta originalmente a finales de los años 30, por Alberto “Titi” Amadeo, llamada “Deseo” y que Colón rescata y lanza por lo más alto del firmamento a inicios de los 90.

No es solo un tema bailable; es una catedral sonora donde la presencia madura de Willy y ese arreglo melancólico se funden en algo místico. Cada vez que arranca ese solo de trombón que parece reír y llorar al mismo tiempo, el tiempo se detiene. Es la perfección técnica abrazada por una nostalgia que nos pertenece a todos los que vivimos libremente aquellos años.

Pero lo que hace a Colón una figura verdaderamente monumental, especialmente en este último tramo del camino, es que nunca permitió que los años lo domesticaran. Mientras gran parte de la industria del entretenimiento ha capitulado ante la corrección política asfixiante, Willy encontró un nuevo escenario en las redes sociales. Desde ahí, se erigió como un francotirador del pensamiento crítico, lanzando ráfagas frontales contra el globalismo y la denominada ideología “woke”.

Verlo en sus últimos años, firme en su defensa de los valores tradicionales y la soberanía individual, es reconocer al mismo hombre que desafiaba al establishment hace cinco décadas.

En un ecosistema digital que castiga la disidencia, gestionó su propia narrativa, debatiendo sin filtros y posicionándose como un referente para quienes buscamos una voz conservadora y auténtica dentro del arte.

Al final, Willy Colón representa esa rara avis que se niega a ser moldeada por agendas internacionales o pensamientos únicos. Es el genio que nos regaló la gloria de Idilio y el ciudadano que, con la misma fuerza con la que soplaba su instrumento, defendió en sus últimos años nuestra cultura frente a las mareas ideológicas del presente.

Fue, por encima de todo, un hombre libre que hoy que partió nos recuerda que la autenticidad y la coherencia es el único legado que realmente importa.

(*) Analista político

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