
La noche del sábado último, Lima fue testigo de un acto que desborda lo político para entrar en el terreno de la persecución religiosa. Lo que debió ser una pausa de recogimiento, una Misa de Acción de Gracias privada y austera convocada por Rafael López Aliaga para agradecer a Dios por el fin de la campaña, terminó convertida en un símbolo de la crisis que asola nuestra arquidiócesis. Al llegar, nos encontramos con la prohibición expresa del Arzobispado. El templo, la casa de Dios, cerrada por orden de quien debería ser su principal guardián: Carlos Castillo Mattasoglio.
El “arzobispo rojo” y la herencia de Judas
No es la primera vez que denunciamos el desvarío ideológico de Castillo. Como hemos sostenido anteriormente, el actual arzobispo camina constantemente en los umbrales de la heterodoxia. Su formación y simpatía por la vertiente más radical de la Teología de la Liberación, esa “vigencia de Judas” que busca reducir el cristianismo a una simple herramienta de agitación social marxista, lo han llevado a priorizar la política de izquierda sobre la fe de sus fieles.
Castillo ha intentado, sistemáticamente, desacralizar el culto. Lo hemos visto despreciar la adoración al Sagrario, introducir ritos paganos en la liturgia y utilizar un lenguaje “inclusivo” que es ajeno a la doctrina. Para él, la fe no es el encuentro con Cristo, sino una herramienta de poder. Por eso, no extraña que mientras abre las puertas a agendas progresistas y personajes vinculados al abortismo, se las cierre con llave a quienes defendemos la vida, la familia y la libertad.
El miedo a la oración
¿Qué peligro representaba una misa privada, a la que se advirtió que no se lleve colores ni logos partidarios, celebrada a las 9 de la noche para evitar cualquier protagonismo mediático? El peligro, para Castillo, es la coherencia.
Le teme a un grupo de ciudadanos que, siguiendo el liderazgo de Rafael López Aliaga, no separa su vida pública de su fe católica.
Le teme a la oración que no está bajo su control ideológico. Como ya señalamos en otros artículos, Castillo parece haber perdido contacto con la realidad teológica, ignorando el reinado social de Cristo para abrazar una “alegría del pueblo” vacía y funcional al progresismo más despreciable.
Una Iglesia secuestrada
Resulta incomprensible que un hombre que por edad ya debería haber sido relevado, siga utilizando el báculo para golpear a las ovejas que no van al ritmo de su agenda woke. Castillo ha convertido la curia arzobispal en una comisaría política. Su negativa de anoche es una “excomunión” fáctica a los sectores conservadores que representamos la mayoría del pueblo católico peruano.
Estamos ante un enemigo de los católicos disfrazado de pastor. Un hombre que guarda silencio cómplice ante la destrucción de los valores tradicionales. Reitero mi compromiso: no nos van a amedrentar. Si el arzobispo Castillo quiere jugar a la política desde el púlpito, nos encontrará en la arena pública defendiendo el derecho de los peruanos a vivir su fe sin censura ideológica.
Las iglesias pueden estar cerradas por órdenes sectarias, pero nuestra convicción es un templo que Castillo jamás podrá clausurar. Puede tener las iglesias, tener los edificios, pero no la fe. La iglesia somos los fieles.
El Perú necesita representantes que no teman señalar la infiltración del progresismo, incluso cuando este viste sotana y se coloquen la mitra y las ínfulas como símbolos para ejercer un poder siniestro y sectario. La batalla por el alma del Perú continúa.
(*) Analista político

