
Los 18 de diciembre se celebra el Día Internacional del Migrante en un mundo marcado indefectiblemente por un fenómeno ancestral y permanente, sobre todo en las Américas. Con procesos migratorios se configuraron civilizaciones, culturas y pueblos originarios, y así también se formaron las naciones contemporáneas desde el “encuentro de dos mundos”. Además, la economía de la migración es hoy una dimensión ineludible, “es la economía estúpida”, como dijo el expresidente Clinton.
En América Latina y el Caribe, las remesas alcanzarán un récord de US$ 174.400 millones en 2025, con 16 años de crecimiento ininterrumpido pese a la incertidumbre global. Perú, con más de 3,5 millones de compatriotas en el exterior —principalmente en EE.UU., España y Chile—, recibe flujos que posicionan al talento humano como la “segunda línea de exportación” del país.
Estas remesas, proyectadas en US$ 5.200–5.500 millones para 2025 (alrededor de 2–3% del PBI), superan a rubros clave como el oro (US$ 954 millones en el primer semestre) o la harina de pescado (US$ 1.402 millones), y rivalizan con arándanos o paltas en agroindustria (US$ 4.964 millones semestrales). Las remesas del talento peruano —ingenieros, profesionales y emprendedores— inyectan estabilidad directa a los hogares peruanos, con un multiplicador social que los commodities volátiles no igualan.
Sudamérica captará US$ 36.339 millones en remesas en 2025 (crecimiento de 10,9%), con Perú destacando por sus envíos desde EE.UU., que explican el 56,5% del total recibido. Este “producto humano” no solo sostiene consumo y educación, sino que genera retornos: miles de peruanos formados en el exterior regresan con experiencia en gestión, tecnología o gastronomía, impulsando innovación local y desde sus países de acogida promueven la cultura y productos producidos en el país. El BID documenta cómo los migrantes aumentan horas de trabajo y utilizan ahorros para seguir enviando recursos a sus familias frente a escenarios de riesgo, demostrando una notable resiliencia.
Y claro no es sólo lo que reflejan la remesas, es lo que significan: Culturalmente, la migración también enriquece al Perú de modo irremplazable. ¿Qué sería de la marca Perú sin la promoción internacional de su gastronomía? ¿O de nuestras ciudades sin chifas chinos-peruanos, sushi nikkei y ahora las fusiones con el sabor caribeño que siguen posicionando a Lima dentro de los 50 best restaurants con el número 26? Estos íconos del mestizaje contemporáneo simbolizan cómo la diáspora entrante y saliente, doble vía, fortalecen la identidad nacional, al tiempo que las remesas —equivalentes a cerca del 13% de las exportaciones semestrales— financian parte del futuro y proyectan la cultura peruana en el mundo, atrayendo además turismo.
Reconocer al talento peruano como exportación estratégica y a la migración como recurso no es retórica, es una urgencia de política pública multisectorial y multinivel. Por un lado, facilitar retornos, trabajar la portabilidad de títulos, certificaciones y canalizar remesas hacia proyectos productivos potenciaría un Perú más global, resiliente y próspero. Sin esta diáspora, perderíamos no solo miles de millones de dólares, sino también el pulso de un país en movimiento. Por otro lado, comprender a los 1.8 millones de extranjeros de diversas nacionalidades en el país, como otra cara de la misma moneda, sigue siendo una labor que debe leerse con justas dimensiones y oportunidades para ser realmente consistentes como americanos todos en un mundo de libertades: libre flujo de capitales, bienes y personas.
(*) Máster en Gestión Pública y Gobierno para América Latina, especialista en Finanzas Internacionales y experta en gestión de proyectos con enfoque en resultados (PM4R). Directora de Proyectos de Integración en CEDRO e investigadora afiliada al CIUP, Universidad del Pacífico.
