Opinión

A imagen y semejanza

Por: Juan Carlos Liendo O’Connor

La legitimidad del presidente interino José Jerí pende de un hilo; sus recientes escándalos – reuniones clandestinas con personajes de reputación dudosa, negociaciones nada transparentes y el destape de que varias jóvenes obtuvieron contratos públicos poco después de visitarlo en Palacio, entre otros – han destruido (a toda máquina) la confianza de la población en su gobierno sin posibilidad de retorno.

A ello se suma el rotundo fracaso (a toda máquina) de su gestión en la lucha contra el crimen: pese a los estados de emergencia, los continuos operativos y al anuncio de medidas tipo “Bukele”, mientras la ola de extorsiones y sicariato crece día a día desde que asumió el mando.

Más grave aún es la  responsabilidad del actual Congreso  en esta crisis; este Parlamento, electo a la sombra de Pedro Castillo, y que luego votó su vacancia cuando decretara su cierre, para encumbrar a Dina Boluarte, repitió la fórmula al destituir a Boluarte y elegir a Jerí como Presidente de Transición. Jerí llega al poder de la mano del Congreso a pesar de enfrentar denuncias graves – desde presunta violación sexual hasta corrupción en la Comisión de Presupuesto – que anticipaban su falta de idoneidad para el cargo; es decir, el Congreso colocó en Palacio a alguien muy parecido a ellos mismos: un político cuestionado, dispuesto a aferrarse al poder bajo cualquier circunstancia.

Hoy, tras nuevos destapes, el Congreso insiste en mantener a Jerí en el cargo pese al clamor ciudadano; ¿la razón?: predomina el cálculo electorero sobre el bienestar y la dignidad del país. Como reconoció el propio primer ministro, “nadie va a querer asumir esa responsabilidad estando en campaña”. Con más de 80 legisladores buscando su reelección este 2026, ninguno desea “quemarse” políticamente tomando las riendas de un Ejecutivo desprestigiado que podría sepultar sus aspiraciones. Prefieren sostener a un presidente débil, incapaz e indigno antes que arriesgar sus curules.

En el Congreso existen personalidades que pueden ser consideradas como respetables, sin embargo su figura y competencia individual se presentan como insuficientes o invisibles. El Congreso no está sólo en ello ya que los poderes fácticos, se le suman con un apoyo desde solapado o de llamados a “la cordura” como disfraz a sus intereses personales o de grupo, asegurando la continuidad de la deslegitimidad de todo el sistema político a vísperas de elecciones.

Este es el nivel de nuestra política, entrampada entre los poderes fácticos de el Congreso y de los políticos, de la banca, las finanzas, las fuerzas de seguridad y de un gran sector de la prensa que nos condenan a seguir con un presidente a su imagen y semejanza.

(*) Exdirector Nacional de Inteligencia (DINI).

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