Opinión

Crisis energética y climática también conspiran contra el proceso electoral

Por: Ángel Delgado Silva

Sí, pues, a la disolvente crisis política que embarulla la campaña electoral se han sumado los problemas por la falta de combustible gasífero y los ya clásicos –duele decirlo– desastres naturales con que periódicamente nos castiga nuestro clima nacional. Y los efectos de tan inoportuna concurrencia podrían ser funestos. Es un hecho que, a 30 días de las elecciones, la masiva atención ciudadana –por no hablar ya del entusiasmo lógico en una “fiesta electoral”– es muy reducida y precaria. Las preferencias de candidaturas punteras apenas rozan los dos dígitos, hay estancamiento constante en el grupo intermedio y una desidia que supera el 30% sin definir su voto. Obviamente, esta imagen traduce un profundo malestar y desconfianza hacia la propia democracia eleccionaria, lo que es muy triste.

Solo a manera de ejercicio de simulación política, supongamos la hipótesis de que el anuncio oficial de reparar la fuga del ducto de Camisea no es real y que la carestía se prolongase un par de semanas más. Que, en simultáneo, la guerra en el Medio Oriente, cuya finalización Trump ha anunciado, continúe a pesar de ello, afectando el precio del petróleo y la gasolina. Y que, en paralelo, las lluvias no cesen, los ríos se desborden y los glaciales se descongelen, produciendo inundaciones y avalanchas por doquier. Además, tales daños personales y físicos golpearán la economía popular, con desabastecimientos y una subida general de los bienes de primera necesidad.

Una coyuntura como la descrita –que ojalá no suceda– tendrá un gravísimo impacto en la escena electoral. Si, como ha acontecido con frecuencia, la diligencia del Estado es deficiente y en los actores políticos predomina la indiferencia, no cabrá duda de que la indignación social se transformará sin dificultad en comicios de protesta.

Esta conjetura se refuerza si recordamos que el voto escondido ha derivado generalmente hacia la izquierda política. Es la explicación del tsunami de última hora que eyectó a Pedro Castillo a la cumbre del poder. Y si la historia se repitiese, el cuadro político que las encuestadoras siguen registrando hasta ahora se vería seriamente trastornado. Entonces, no solamente una candidatura radical pasaría al repechaje, sino que podría alzarse con la victoria.

Este trágico escenario no debiera descartarse a priori por los partidos que adhieren a la democracia y al libre mercado. La soberbia jamás ha sido una buena consejera. Por eso, en lugar de engolosinarse con encuestas triunfalistas, mejor sería evaluar todas las alternativas. ¡Incluso las más terroríficas! Eso implicaría dejar la guerra fratricida que se ha entablado a raíz de la nominación de Balcázar. ¡Que cesen las recriminaciones mutuas y se aboquen a adoptar una política común para defender la República!

(*) Abogado constitucionalista.

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