Opinión

El difícil parto de un mundo nuevo

Por: Ángel Delgado Silva

Definitivamente, el tañido de las campanas de fin de año no asordinará las explosiones de drones y misiles que asolan los campos de Ucrania. A pesar de los esfuerzos –imposibles de negar– de Donald Trump y la disposición de Vladimir Putin, la guerra trascenderá y se prolongará durante el 2026. La increíble tozudez de la Unión Europea y sus títeres de Kiev boicotean cualquier salida pacífica que no calce con sus propósitos originales. La última locura, bombardear la residencia del presidente ruso mientras Zelenski se reúne en Mar-a-Lago, Palm Beach, con el presidente estadounidense intentando cerrar el acuerdo de paz, es el culmen demencial de la provocación. Sus obvias consecuencias serán fatales, pues postergarán la solución real en lo inmediato.

Mas las dificultades que acontecen en la guerra ucraniana, que llega al cuarto año, son solo un aspecto –el más notable– de la enorme crisis internacional que convulsiona al planeta. El bloqueo de las vías razonables pone en evidencia la urdimbre que las entrampa. Y en vez de alternativas sensatas se opta por una confrontación sin final, cuyo desenlace podría ser la catástrofe nuclear. ¡Es absurdo, pero ni en los momentos más álgidos de la Guerra Fría la humanidad se aproximó tanto al averno! ¿Por qué hoy están vedadas las salidas diplomáticas?

¿Por qué la experiencia de los horrores del siglo XX no torna razonables a los líderes del siglo XXI? ¿Es una ventaja la desaparición del encono ideológico capitalismo-comunismo para la paz mundial? Estas y otras preguntas análogas urgen de respuestas. Pero eso supera a esta columna. Lo que sí podemos observar es que la escena bipolar que surgió de la II Gran Guerra no derivó en la III Guerra Mundial – pese a las tensiones múltiples– porque los actores de entonces, EE. UU. y la URSS, supieron contenerse y no dieron paso al holocausto. En cambio, tras la caída del Muro de Berlín se forjó un mundo unipolar donde la civilización hegemónica se estimó vencedora de la Historia y, por lo tanto, ya no se midió en su dominio.

Pero las antiguas condiciones no se mantuvieron. La revolución tecnológica aceleró el tiempo, modificó radicalmente la economía, renació el nacionalismo y muy rápido giró la geopolítica. El globalismo neoliberal y woke, la doctrina de esta unipolaridad, fue resistido en todas partes. Y aparecieron nuevas potencias que ponen en cuestión tal hegemonía. Caminamos hacia un mundo multipolar y policéntrico. Pero el viejo Occidente no admite su decadencia y, en lugar de abrirse hacia ese futuro, se enclaustra en sus añejas glorias sin dar su brazo a torcer. Por eso, con terrible empecinamiento atiza los factores destructivos, a pesar del realismo de Trump. ¡Ucrania es la mejor demostración!

(*) Abogado constitucionalista.

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