
Hay un momento del que poco se habla: ese instante en que un joven termina el colegio y mira hacia adelante sin tener claro qué puertas realmente están abiertas para él. Ese día después debería ser un inicio lleno de oportunidades. Sin embargo, para muchos se convierte en un momento de incertidumbre.
En el Perú hay una proporción significativa de jóvenes que ni estudian ni trabajan (Ninis). Según la Encuesta Nacional de Hogares – ENAHO del 2022, cerca del 18,2 % de jóvenes entre 15 y 29 años se encuentran en esa situación de “ninis”. Esto no solo representa cifras, sino miles de historias personales donde la educación no logra traducirse en una transición adecuada hacia el empleo o la formación superior.
Esa brecha entre educación y empleo no surge por falta de ganas entre ellos. Al contrario, muchos jóvenes están dispuestos a formarse, capacitarse y trabajar. Pero el sistema educativo y el mercado laboral no siempre caminan de la mano. Más del 90 % de los jóvenes accede a educación secundaria en el país, mientras que menos del 40 % continúa hacia la educación superior. Existe una enorme diferencia entre lo que se estudia y las oportunidades reales para seguir aprendiendo o incorporarse con dignidad a una actividad productiva.
He hablado con jóvenes que sienten que estudiar no les garantiza conseguir un empleo con un salario decente. Muchos han enviado decenas de currículos sin respuesta, aceptan trabajos informales o perciben que sus estudios no cumplen las exigencias de las empresas. Este desencanto es una señal de alarma para cualquier sociedad que se precie de pensar en su futuro.
Como peruano y como profesional, creo que el próximo presidente del Perú debe asumir este tema con urgencia y visión de largo plazo. No basta con hablar de educación o de empleo por separado. Es necesario construir puentes entre lo que se enseña y las oportunidades de trabajo. Eso implica promover programas de formación técnica vinculados a los sectores que realmente demandan personal, así como fortalecer la educación superior con incentivos que permitan acceder a más jóvenes.
También se requiere priorizar en los colegios la orientación vocacional desde etapas tempranas, para que los estudiantes no solo aprendan contenidos, sino que entiendan cómo esas habilidades se pueden aplicar en trabajos concretos. Son esenciales las alianzas entre el Estado, el sector privado y las universidades para reducir esa brecha entre formación y empleo.
No se trata de crear más carreras profesionales ni nuevas universidades. Se trata de mejorar la conexión entre la educación y el mercado laboral real, para que el día después de terminar el colegio no sea una etapa de confusión, sino el comienzo de una vida profesional con sentido. Nuestros jóvenes no piden privilegios, solo la oportunidad de salir adelante.
(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima.
