Opinión

El costo de ser un “gerente ocupado”

Por: José Castillo Carazas

Hay un tipo de gerente que llega primero, se va último y aun así su empresa no avanza. Tiene la agenda bloqueada hasta los sábados, participa en cada reunión como si su ausencia fuera catastrófica y revisa cada correo antes de que salga. Lo llaman «comprometido». Pero la verdad suele ser más incómoda: no sabe soltar. Este es el costo real del «nano management», esa trampa donde el líder deja de pensar para ponerse a ejecutar, confundiendo el movimiento con el progreso. 

Una agenda llena no es una señal de liderazgo; es, con frecuencia, la evidencia más clara de que algo no funciona. Pedir que lo copien en todos los correos, integrar cada chat del equipo y aprobar hasta las decisiones más menores no necesariamente es “gestión”, puede ser “desconfianza institucionalizada”. Cuando el gerente no delega, le envía un mensaje silencioso pero devastador a su equipo: «No confío en ti». Y un equipo que no recibe confianza, no la devuelve. No propone, no arriesga, no innova. Simplemente ejecuta lo que se le pide y espera instrucciones.

 El miedo a equivocarse —ese que lleva al gerente a estar en todo— termina “produciendo” exactamente el equipo mediocre que tanto teme sin importar la calidad profesional de cada uno sus integrantes. La paradoja es brutal: “el control excesivo destruye lo que pretende proteger”. «Elevar la mirada» no es una metáfora poética: significa bloquear tiempo en la agenda —en serio, tiempo protegido— para pensar en dónde estará la empresa en tres años y qué decisiones de hoy construyen ese camino. 

“Cuando la agenda llena se convierte en el mayor obstáculo para liderar: el gerente que hace todo termina logrando poco”.

Significa definir tres o cuatro hitos anuales que funcionen como brújula, y celebrar con el equipo cada avance, por pequeño que parezca. No como protocolo de motivación, sino porque reconocer el progreso real es lo que convierte un grupo de personas en un equipo que se levanta después de cada tropiezo sin necesitar que el gerente esté presente para hacerlo. Gerenciar bien también exige la valentía de decir que no: salir de ese chat que no aporta, declinar esa reunión que bien puede resolverse con un correo, dejar de aprobar lo que el equipo ya sabe hacer. 

Solo vaciando la agenda de lo urgente pero irrelevante aparece el espacio para lo que verdaderamente importa: crecer, decidir, construir. El gerente que aprende a soltar no pierde autoridad; la gana. Porque la autoridad real no viene de estar en todo, sino de que las cosas funcionen incluso cuando no estás. Eso es prosperar. Eso es trascender. 

(*) Contador público colegiado y máster en Banca y Finanzas.

 * La Dirección periodística no se responsabiliza por los artículos firmados  

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba