
El hecho de que una congresista haya organizado la fiesta de su novio, a la que acudió gente de baja estofa, de la que se retiró ebria y donde hubo un asesinato, todo en el día en que se velaban los restos de su colega Hernando Guerra-García, tiene que ver con la cuestión ética, con los principios, con la categoría de la persona. Este tipo de conducta es reprochable, más aún en una autoridad, pero no es un delito. Es deplorable y merece sanción, sí, pero no se castiga con la cárcel. Lo que sí deja de ser una falta y configura como delito es lo que ha salido a flote en las investigaciones de este vergonzoso caso: el presunto tráfico de influencias en el que también estaría involucrado el novio de esta congresista.
La congresista negó haber organizado la fiesta de marras, pero hay evidencias testimoniales que la contradicen. “Va a haber toldo, todo está toldeado”, se le escucha decir a ella, mientras que su novio afirma: “no se olviden de los rones, crucial, determinante, no se olviden…”. Tanto licor hubo que ella, como consta en un video, terminó en estado de ebriedad y salió de la fiesta tambaleándose, sin poder mantenerse en pie. El hombre que puso el bar tuvo que declarar para aclarar las cosas porque es hermano del presunto asesino e inicialmente se le involucró en el crimen. Dice no ser amigo de la congresista, pero sí de su novio y asegura que con ella coordinó porque fue la organizadora.
Según investigaciones de Cuarto Poder, cinco trabajadores del Congreso también participaron en la organización y pagaron parte de la juerga. Otro trabajo periodístico indica que ocho empleados del despacho de la legisladora tienen vínculos con el novio de esta. Es tan escandalosa esta situación, que muchos dicen que la cosa funcionaba como una agencia de empleos.
Ya antes se ha conocido que exfuncionarios acusados de corrupción han visitado a varios congresistas, entre ellos la organizadora de la fiesta que terminó en balacera. Alguna vez una congresista dijo que el sueldo de S/15,600 de la mayoría de los parlamentarios solo es un sencillo para lo que se embolsican por lobbies y otras triquiñuelas. El tiempo le está dando la razón.
Tal parece que el tráfico de influencias es una práctica cotidiana en el Congreso. Hay indicios y evidencias graves. La Comisión de Ética debe dejar de ser un quitamanchas. Es hora de que se investigue con rigor e imparcialidad, sin apañamiento, sin complicidad. ¿Lo harán? ¿O sigue eso de otorongo no come otorongo?.Porque lo que digo y escribo siempre lo firmo.
