Opinión

La confianza ciudadana como base de la democracia

Por: Rafael Velásquez Soriano

Hay sistemas que funcionan en el papel, pero que en la práctica enfrentan serias dificultades para sostenerse, como es el caso de la democracia cuando la confianza se debilita. No basta con tener elecciones periódicas o instituciones formales si la ciudadanía percibe que estas no responden a sus expectativas, porque sin confianza el sistema pierde solidez.

De acuerdo con el Latinobarómetro, menos del 30 % de ciudadanos en América Latina confía en sus instituciones públicas, y el Perú se encuentra dentro de esa tendencia regional. Esta cifra revela una brecha significativa entre el Estado y la población, lo que afecta la legitimidad de las decisiones y la estabilidad del sistema democrático en el mediano y largo plazo.

La confianza no se construye de manera inmediata, sino que es el resultado de experiencias acumuladas a lo largo del tiempo. Promesas incumplidas, crisis políticas recurrentes y falta de resultados concretos generan un desgaste progresivo en la percepción ciudadana, que termina afectando la relación entre autoridades y población.

Considero que uno de los principales retos para cualquier gobierno es recuperar esa confianza, no a través de discursos, sino mediante acciones concretas que demuestren compromiso con la ciudadanía. La transparencia, la rendición de cuentas y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace son fundamentales para reconstruir ese vínculo.

También es importante entender que la confianza no depende únicamente del Poder Ejecutivo, sino de todo el sistema institucional en su conjunto. Cuando una institución falla, el impacto se extiende al resto, generando una percepción generalizada de debilidad que afecta la credibilidad del Estado.

La desconfianza tiene efectos reales en el comportamiento ciudadano, porque reduce la participación electoral, debilita el compromiso con las normas y limita la disposición a involucrarse en asuntos públicos. Sin ciudadanos comprometidos, la democracia pierde dinamismo y capacidad de respuesta frente a los problemas.

Además, cuando la desconfianza se instala como una percepción permanente, se vuelve más difícil impulsar reformas o tomar decisiones de largo plazo. La falta de credibilidad limita la capacidad de acción del Estado y genera un entorno de incertidumbre que afecta distintos ámbitos de la sociedad.

Recuperar la confianza no es un proceso inmediato ni sencillo, pero es indispensable para el funcionamiento del sistema democrático. Requiere consistencia en el tiempo, decisiones responsables y resultados que respalden las promesas, porque la credibilidad no se decreta, se construye con hechos.

Cuando la confianza se pierde, todo el sistema se vuelve más frágil y vulnerable a las crisis. Pero cuando se fortalece, la democracia gana estabilidad y legitimidad, lo que permite avanzar con mayor seguridad hacia el desarrollo del país y beneficio de millones de ciudadanos.

(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba