
Algo se pudre en el fútbol, algo apesta, es el hedor de la burocracia, de la queja sistémica y de una ideología que ha decidido que la pasión es un pecado. El fútbol, el último reducto de libertad visceral y catarsis popular, está siendo ejecutado en silencio por quienes prefieren un expediente a un gol.
La tecnología nos fue vendida como el fin de la injusticia, pero resultó ser el principio del fin del juego. El VAR ha convertido el fútbol en una disección clínica donde la alegría se suspende y los goles se gritan minutos después, por un hombro adelantado tres milímetros o un roce que solo existe en la cámara lenta de un burócrata. Hemos pasado del grito sagrado de gol a la espera angustiante frente a un monitor. La perfección técnica ha asesinado la espontaneidad humana. El fútbol era ritmo, era error, era vida; hoy es un laboratorio frío donde se penaliza la intensidad.
Pero ahora resulta que lo más preocupante no es complicidad de observadores de pantallas y jueces de jugada cuadro por cuadro, sino la fragilidad del hombre. Estamos ante una generación de futbolistas de cristal, promovidos por altas esferas que han abrazado una corrección política asfixiante. Bajo el paraguas de la ideología woke, cualquier gesto de picardía, cualquier roce de hombría o cualquier manifestación de la tribuna es etiquetado como un crimen de odio o un motivo de probable sanción.
Es evidente que nadie en su sano juicio defendería el racismo, pero hoy se utiliza esa bandera para perseguir la libertad de expresión en los estadios. Lo que antes era el folklore de la grada, el ambiente de libertad donde el pueblo se manifestaba sin filtros, hoy es motivo de denuncia. Quieren convertir el estadio en un colegio de señoritas, higienizado y silenciado, donde el conflicto, esencia misma del deporte, sea erradicado en nombre de una sensibilidad hipócrita. Se quiere tribunas desodorizadas y esterilizadas por el halo infame de la corrección política.
En el Perú, este fenómeno ha tomado un tinte oscuro y antideportivo. Lo que estamos viendo con las denuncias sistemáticas de Alianza Lima contra Universitario de Deportes es una vergüenza para la historia del balompié nacional. Es el triunfo del escritorio sobre el campo de juego.
Resulta patético ver a un club denunciando a jugadores y técnicos de partidos en los que ellos ni siquiera participaron. ¿El objetivo? Es transparente: frenar el camino de la “U” hacia un tetracampeonato histórico que parece inevitable en la cancha. La narrativa es patética: quieren que Paolo Guerrero, en el ocaso de su carrera, se retire con una corona. Es un deseo válido, pero buscarlo mediante el sabotaje administrativo y la queja constante es la antítesis del honor deportivo. Los títulos se ganan en la cancha y el fútbol se gana con goles. No en la mesa, no con papeleos y denuncias, no con rodilleras y apagones reales y morales.
Entre escándalos extradeportivos, denuncias judiciales y barristas que irrumpen en sus propios estadios, la esencia se nos escapa entre los dedos. Estamos matando el fútbol para darle paso a un espectáculo burocrático, vigilado y carente de alma.
Si el fútbol deja de ser ese espacio de libertad, de roce, de picardía y de catarsis, entonces ya no es fútbol. Es apenas un simulacro para mentes frágiles. Si no defendemos la libertad de vivir el deporte con su imperfección y su fuego, estaremos asistiendo, impasibles, al entierro del deporte más hermoso del mundo.
(*) Analista político
