
Recuerdo que antes regresar a casa por la noche no generaba preocupación o ansiedad. Hoy en cambio, muchos peruanos calculamos rutas para evitar zonas peligrosas, cambiamos horarios, y en ocasiones hasta dejamos de salir. Este cambio no apareció de la noche a la mañana, sino que es el resultado de años de inseguridad que ha robado nuestra tranquilidad y nos cambió la vida.
Cuando converso con amigos o familiares, la palabra que más se repite no es desempleo ni política, sino la palabra miedo. Miedo a ser asaltado en la calle, a que alguien rompa la tranquilidad de nuestra casa, a que nuestros hijos regresen tarde y les pueda pasar algo. Todos vivimos en permanente estado de alerta ante la posibilidad de que la delincuencia se apodere de nuestras vidas.
Según estudios del INEI, durante los últimos años la percepción de inseguridad ciudadana en el país ha aumentado considerablemente, con tasas que superan el 70 % en varias regiones, especialmente en zonas urbanas donde la extorsión y los robos se han vuelto el pan de cada día. Sin lugar a dudas, es la expresión de una sociedad que se siente más vulnerable día tras día.
La inseguridad también afectó seriamente a los negocios locales. Los pequeños comercios, que antes abrían sus puertas con mucho optimismo, hoy invierten en rejas, vigilantes particulares o cámaras. Aunque hay otros emprendedores que optan por cerrar sus negocios para dar paso a la tranquilidad de su familia.
Una sociedad que vive con miedo pierde parte de su libertad, la tranquilidad de caminar sin mirar atrás, la seguridad de dejar a los niños jugar en el parque, la confianza de sentarse en un paradero en la noche sin pensar que algo malo puede ocurrir, el viajar en el tren eléctrico, el Metropolitano o en los corredores, así mismo en los tricitaxi. La inseguridad, más que un delito, es una herida social que afecta el rumbo de una población.
Ante este escenario, es una obligación que el próximo presidente del Perú entienda que la seguridad ciudadana no puede seguir siendo una lista de promesas. Se requiere un enfoque integral, regional y nacional que combine presencia policial efectiva, investigación criminal más eficiente, así como mejorar los servicios de inteligencia policial y políticas comunitarias que recuperen el orden en los barrios más golpeados por la delincuencia.
No se trata solo de pedir más policías en las calles, sino de recuperar algo mucho más profundo: la paz con la que vivíamos. Porque un país que vive encerrado por temor no es un país libre. Y si no enfrentamos hoy este problema con acciones concretas, la inseguridad no solo seguirá cambiando nuestras costumbres, sino toda nuestra vida.
(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima.
* La Dirección periodística no se responsabiliza por los artículos firmados

