
La teatralización desde el poder siempre es la misma. Dictadores bravucónes culpando de sus propias desgracias al imperialismo yanqui. Amenazas por doquier, burla, escarnio y arengas a todo pulmón en escenarios multitudinarios llenos de franeleros y aduladores, advirtiendo al mundo que tocar un centímetro de la soberanía nacional que ellos manejan es mortal. Mejor dicho, que nadie toque sus respectivas chacras comunistas.
Lo que sucede es que la soberbia es muy mala consejera. Recapitulemos. Se le dio, preferentemente a Nicolás Maduro la oportunidad histórica de terminar su dictadura con asilo dorado incluido. A pesar de ello, se burló de Donald Trump. Incluso lo insultó. Ahora se encuentra próximo a la cadena perpetua. Y terminó de indomable león en un auténtico gatito ronronero, maullando matutinamente desde una cárcel norteamericana de extrema seguridad.
También se les avisó con anticipación a los cárteles mexicanos que dejen de envenenar a los pueblos. Se mofaron, se rieron. Muy por el contrario, continuaron causando muerte y destrucción. Y “El Mencho”, el jefe máximo, terminó sus días muerto tras una estratégica incursión.
El próximo en la lista es Miguel Díaz Canel. Se le solicitó que termine la dictadura de 67 años que mantiene a Cuba.
En el Medio Oriente, se le advirtió por lustros al Ayatollah Ali Jamenei que abandonara las amenazas de destrucción a Estados Unidos y a Israel y a su nefasto programa nuclear. Nunca hicieron caso. Una bomba de penetración antibunker puso fin a la historia. ¿Qué resultó? Que la república islámica esté al borde del aniquilamiento total y probablemente al cambio de un nuevo régimen.
Ahora, el próximo en la lista es Miguel Díaz-Canel. Heredero no biológico de la rumba castrista. Se le ha solicitado de buena manera que termine la dictadura de 67 años que mantiene a Cuba en la pobreza más abyecta, próxima al desastre republicano. Se le está ofreciendo asilo y protección de por vida en otro país. Pero no quiere. Su terquedad es asombrosa. Terquedad y obstinación que lo conducirá irremediablemente a la catástrofe.
Pero su destino ya está sellado. Caerá tarde o temprano. Y la isla volverá a resurgir poderosa, vital, y brillará recordando su otrora resplandor.
(*) Analista político.
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