
El inaudito acto de barbarie perpetrado en el Liceo Naval Almirante Guise desborda los límites de cualquier razonamiento. No estamos ante un exceso juvenil, sino frente a una atrocidad moral que clama al cielo. Este salvajismo no es un hecho aislado: es la gota que colma el vaso de un bullying sistemático que se gestó entre la impunidad y la indiferencia institucional. Cuando la autoridad escolar minimiza la violencia, le abre el camino al crimen.
Nuestra mirada debe dirigirse con un abrazo solidario hacia la víctima y su familia, quienes merecen una justicia implacable y el amparo incondicional de las autoridades. Sin embargo, para comprender el origen de esta desgracia es imperativo mirar hacia el núcleo donde nace la sociedad: la crisis de la familia. En la raíz de esta tragedia subyace una devastadora pérdida de valores, la ausencia de límites y el abandono de la autoridad paterna. Cuando el hogar deja de ser la primera escuela de virtudes, los jóvenes quedan a la deriva, expuestos a la atrofia de la empatía, a la violencia digital y al relativismo ético.
Resulta desgarrador constatar cómo esta quiebra moral ha penetrado en hogares vinculados a nuestra Marina de Guerra, una institución cimentada en la lealtad, el honor y la caballerosidad de Miguel Grau. Ver a jóvenes nacidos bajo ese amparo convertirse en verdugos es la prueba más amarga de que, si no cultivamos día a día la fe y el amor al prójimo, el uniforme de los padres no basta para blindar el alma de los hijos. A los 15 años se distingue perfectamente el bien del mal; decidir infligir tal humillación refleja el síntoma de quien ha olvidado el respeto fundamental por la persona humana.
Este lamentable suceso se inserta en un contexto alarmante. En lo que va de este año 2026, la plataforma SíSeVe del Ministerio de Educación acumula más de 11,000 reportes, reflejando un pico histórico de violencia escolar en el Perú con un salto de más del 35% en violencia sexual y del 15% en agresiones físicas. Frente a ello, la primera reacción gubernamental en el Liceo Naval fue meramente administrativa: retirar la gestión a la Marina para traspasarla al Minedu.
Sin embargo, tras esta medida coyuntural destaca un hito prometedor: el anuncio del Ministerio de Educación de centrar la gestión en un firme “enfoque de familia”, dejando de lado las aproximaciones ideológicas. Durante más de una década, los marcos de la llamada Educación Sexual Integral (ESI) y sus postulados de la agenda woke fueron normados en el sistema educativo sin frenar la degradación escolar; por el contrario, la violencia solo se multiplicó. Pretender que la falta de este enfoque ideologizado es la causa del problema resulta insostenible. La crisis actual es el fruto amargo de haber postergado la formación en el respeto a la naturaleza humana y al diseño del hogar.
El Estado debe aplicar el principio de subsidiaridad: fortalecer a la familia sin pretender sustituir la función educadora y espiritual de los padres. Ningún protocolo burocrático posee la virtud de transmitir los principios que se asimilan en la mesa familiar cotidiana.
Recuperar la paz en nuestras aulas exige una pedagogía de las virtudes enfocada en la fortaleza, la justicia y la caridad. Aquellos adolescentes también fueron un día bebés inocentes; rescatar a la juventud de la barbarie requiere volver la mirada al hogar y reconfirmar la inviolable dignidad de cada ser humano.
(*) Analista político
