Opinión

Gobernar con método: la verdadera reforma que necesita el Perú

Por: Emilio Rossi Ferreyros

En su discurso del 28 de julio, la presidenta Keiko Fujimori habló de gobernar con método. Más allá de las posiciones políticas, la idea merece ser tomada en serio porque toca uno de los principales problemas del Perú: tenemos un Estado que habla mucho, planifica mucho y ejecuta poco.

Durante décadas hemos aumentado el presupuesto público, creado ministerios, organismos, programas y procedimientos. Tenemos más funcionarios, más normas y más recursos que antes. Sin embargo, cuando el ciudadano mira su realidad, encuentra hospitales que no funcionan como deberían, colegios deteriorados, obras paralizadas, carreteras que esperan años y una inseguridad que sigue creciendo.

El ciudadano no siente el tamaño del presupuesto. Siente el resultado.

Nuestra propia historia muestra la diferencia. En 1990, el Perú atravesaba una de las peores crisis de su historia. Había hiperinflación, terrorismo, escasez, desorden fiscal y un Estado prácticamente quebrado. Entre 1990 y 1995, el gobierno de Alberto Fujimori tomó decisiones rápidas y ejecutó reformas que cambiaron radicalmente el rumbo del país.

Esto no significa desconocer ni justificar los graves problemas institucionales y de corrupción que aparecerían posteriormente, sino reconocer algo que hoy parece haberse perdido: la capacidad de tomar decisiones y ejecutarlas.

El problema del Perú posterior ha sido, demasiadas veces, exactamente el contrario. Mucha discusión y poca ejecución. Mucho diagnóstico y poca solución. Mucha comisión y poca obra. Mucho anuncio y poca capacidad para convertir una decisión en resultados.

Gobernar con método significa algo sencillo: saber qué se quiere conseguir, establecer prioridades, asignar recursos, poner responsables, fijar plazos y medir resultados.

También significa disciplina y perseverancia. Las grandes transformaciones no se consiguen en cien días. Una reforma de la justicia, una mejora real de la educación, un sistema de salud eficiente, una infraestructura moderna o una reducción sostenida de la informalidad requieren continuidad y una ruta clara.

Un gobierno que hace decide, ejecuta, mide y corrige. Un gobierno que no hace crea comisiones, anuncia soluciones y vuelve a discutir los problemas.

Frente a la delincuencia se necesitan objetivos concretos, responsables y resultados. Frente a los fenómenos climáticos se necesita prevención y ejecución oportunas. Y frente a la minería debemos distinguir entre la actividad formal, que debe contar con reglas claras y seguridad jurídica, y la minería ilegal, que debe ser enfrentada con firmeza cuando se vincula con el crimen organizado.

Gobernar con método también significa preguntarse qué debe hacer realmente el Estado. Seguridad, justicia, infraestructura, reglas claras, educación y salud son funciones fundamentales. En aquello que la sociedad y el sector privado pueden hacer mejor, el Estado debe facilitar, regular y supervisar, no necesariamente reemplazar.

Por eso, la eficiencia no consiste simplemente en gastar más. Consiste en obtener mejores resultados con los recursos disponibles. Debemos dejar de medir a los gobiernos por la cantidad de discursos, leyes, reuniones o anuncios. Hay que medirlos por los problemas que resolvieron.

¿Cuántas obras terminaron? ¿Cuánto redujeron la delincuencia? ¿Cuánto mejoraron la salud y la educación? ¿Cuánto redujeron los tiempos y costos de los trámites? ¿Cuánto dinero público dejaron de desperdiciar? Ese debería ser el verdadero balance de un gobierno.

El Perú no necesita necesariamente un Estado más grande. Necesita un Estado que funcione. Necesita método para decidir, disciplina para administrar, perseverancia para mantener el rumbo y una ruta clara para saber hacia dónde vamos. Porque gobernar no es administrar los problemas indefinidamente. Gobernar es resolverlos.

(*) Abogado, Ph. D (c)

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