
Durante años hemos escuchado que el crecimiento económico es una de las principales fortalezas del Perú. Y es cierto que una economía que crece genera mayores posibilidades de inversión, empleo y desarrollo, pero también creo que debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿de qué sirve crecer si ese crecimiento no termina mejorando la vida de las familias?
El nuevo gobierno recibe una economía que necesita recuperar dinamismo, atraer inversiones y mantener unas cuentas públicas responsables, pero al mismo tiempo enfrenta una realidad que no puede ignorar: millones de peruanos todavía sienten que las cifras de la economía están muy lejos de su vida cotidiana. Para una familia que debe hacer esfuerzos para llegar a fin de mes, hablar de crecimiento resulta insuficiente si no viene acompañado de mejores oportunidades.
El verdadero desafío estará, entonces, en conseguir que la recuperación económica tenga rostro humano. No basta con que aumenten las inversiones o que determinados sectores registren mejores resultados si el empleo sigue siendo precario, si los ingresos no alcanzan y si acceder a servicios básicos continúa siendo una dificultad para muchas familias.
El Perú tiene regiones con enormes posibilidades en agricultura, minería, turismo, pesca y otras actividades productivas, pero muchas veces esas oportunidades conviven con carreteras deficientes, falta de infraestructura, servicios públicos limitados y poca capacidad para generar valor en los propios territorios.
Otro reto será recuperar la confianza. Las inversiones necesitan reglas claras y estabilidad, pero los ciudadanos también necesitan confiar en que el crecimiento económico no beneficiará únicamente a unos cuantos. La empresa privada tiene un papel fundamental en la generación de empleo y riqueza, mientras que el Estado debe garantizar condiciones adecuadas, combatir la informalidad y utilizar los recursos públicos con responsabilidad.
Creo que el próximo quinquenio tendrá una oportunidad importante para demostrar que crecimiento y bienestar no son caminos separados. Si la economía logra avanzar mientras se generan empleos dignos, se fortalecen los servicios públicos y se crean oportunidades fuera de los grandes centros urbanos.
La economía no debería ser una colección de cifras que solo entendemos cuando aparecen en los titulares. Debería sentirse en el trabajo que conseguimos, en el negocio que podemos abrir, en el sueldo que alcanza, en la educación de nuestros hijos y en la tranquilidad con la que una familia puede mirar el futuro. Así no tendremos que decir que la economía crece a espaldas de los peruanos.
(*) MG. CPC. y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima
