
Durante mucho tiempo, en América Latina se ha repetido una historia sencilla: España fue la potencia colonial y su expulsión significó nuestra liberación. Pero la historia es más compleja. La independencia fue también el resultado de una gran disputa geopolítica en la que Gran Bretaña tenía importantes intereses económicos y estratégicos.
España controlaba un enorme mercado y restringía el comercio con otras potencias. Para Gran Bretaña, romper ese monopolio era una enorme oportunidad. Investigaciones históricas muestran que, desde finales del siglo XVIII, el gobierno británico acumuló información sobre Hispanoamérica, estudió la vulnerabilidad del Imperio español y algunos sectores llegaron a promover incluso intervenciones militares.
Durante las guerras de independencia, Londres actuó con pragmatismo. No apoyó siempre abiertamente a los revolucionarios, porque necesitaba mantener buenas relaciones con España. Pero tampoco quería que España recuperara completamente el control de sus antiguas colonias, porque ya estaba desarrollando relaciones comerciales con los nuevos gobiernos americanos.
La posición británica cambió progresivamente. Durante el gobierno de George Canning, Gran Bretaña favoreció el reconocimiento de las nuevas repúblicas y esa política contribuyó también a fortalecer las actitudes antiespañolas en la opinión pública británica. La prensa británica desempeñó un papel importante en esa construcción de imágenes sobre España y América.
Pero lo más importante ocurrió después de la independencia. Gran Bretaña no necesitaba conquistar militarmente América Latina. Podía hacer algo mucho más rentable: comerciar, prestar dinero e invertir. El historiador David Rock explica que, desde las primeras décadas del siglo XIX, los comerciantes británicos aprovecharon la apertura de los mercados hispanoamericanos y que, posteriormente, el capital británico llegó a dominar sectores como los ferrocarriles, las finanzas y el comercio. A esto se le ha llamado “imperio informal”.
En países como Perú y Chile, comerciantes, bancos, compañías navieras y empresas británicas tuvieron una presencia creciente. Esa inversión ayudó a integrar a estos países en la economía mundial, pero también hizo que sus economías dependieran fuertemente de la exportación de materias primas.
Esto no significa que Gran Bretaña haya inventado la independencia ni que los latinoamericanos fueran simples títeres británicos. Esa explicación sería demasiado fácil. Las independencias tuvieron causas internas reales y profundas.
La cuestión es otra. Gran Bretaña encontró en el debilitamiento de España una oportunidad extraordinaria. Y mientras España perdía su antiguo monopolio, los comerciantes británicos podían entrar en un mercado gigantesco que antes estaba cerrado.
Por eso conviene revisar también nuestra herencia cultural. Criticar el colonialismo español es legítimo. Pero convertir toda la historia española en una historia de barbarie y presentar a otras potencias como simples defensoras de la libertad puede ser una visión incompleta.
La historia de América Latina no fue solamente una lucha entre buenos y malos. Fue también una lucha entre imperios, intereses comerciales y nuevas élites políticas.
Quizá la pregunta que debemos hacernos no sea simplemente “¿qué nos hizo España?”, sino también “¿quién se benefició cuando España dejó de controlar América?”.
Y esa pregunta cambia completamente la historia.
(*) Abogado, Ph. D (c)
