Opinión

¿El fin del espejo retrovisor? Institucionalidad frente al Perú real

Por: Alicia Barco Andrade

El Perú se encuentra, una vez más, en una encrucijada donde las narrativas del pasado amenazan con devorarse las urgencias del futuro. Por un lado, asistimos al inicio de un proceso de transferencia de gestión que la presidenta electa, Keiko Fujimori, ha decidido encarar bajo una premisa indispensable: actuar con responsabilidad exige, primero, conocer la cruda realidad del Estado que se va a recibir. Por el otro, persisten voces como la de Roberto Sánchez, empeñadas en estirar la liga de la confrontación, agitando fantasmas de fraude e ilegitimidad en fueros internacionales.

En medio de este fuego cruzado, la reciente e íntima entrevista de Ismael Cala a la líderesa de Fuerza Popular nos obliga a poner una carta difícil sobre la mesa: ¿estamos listos para sepultar de una vez por todas los ‘antis’ y empezar a construir un país con madurez política?

Ver a una mujer responder sin parpadear ante las preguntas más duras sobre su herencia familiar, marcando una distancia tajante con los errores del pasado de su padre frente a la prensa y las instituciones, no es un detalle menor. Es la radiografía de un cambio de era. El antifujimorismo ha sido por décadas el combustible de campañas destructivas basadas en el miedo y en etiquetas del siglo pasado. Sin embargo, el rencor del espejo retrovisor no cura la delincuencia que nos mata en las calles, ni devuelve la confianza a una ciudadanía harta de la parálisis. Destruir ese prejuicio estéril es el primer paso para rescatar la paz. Pero seamos dolorosamente honestos y hagamos autocrítica profunda: la polarización no nace en el vacío. El discurso radical de la izquierda y el rechazo de un sector enorme del país son el fruto amargo de una protesta legítima. Históricamente, la derecha y los gobiernos anteriores han sido insensibles a los problemas sociales más profundos. Existe un Perú invisible, olvidado y profundamente marginado por el centralismo.

No podemos exigir el respeto a la institucionalidad a un ciudadano que siente que el Estado jamás ha estado de su lado. La institucionalidad no puede ser un concepto abstracto; o es el escudo que protege al ciudadano de a pie, o no es nada.

Y es ahí donde la política de las cúpulas choca de frente con la crueldad de la realidad. El reciente y lapidario llamado del presidente de la CONFIEP, Jorge Zapata Ríos, nos sacude la conciencia: el país no puede seguir acumulando hospitales y colegios que se quedan en columnas, caminos que no llegan a ningún lado y puentes sin conectar.

Urgencias como el avance salvaje de la inseguridad y la presencia inminente del Fenómeno El Niño no admiten un solo margen de falla.

El equipo de transferencia tiene la obligación moral de entrar a destripar los ministerios por dentro para acabar con la mediocridad y los puestos a dedo, pero sin paralizar el aparato público. El verdadero reto del próximo gobierno no será ganar discusiones estériles en el Congreso, sino demostrar que el sector privado y el Estado pueden colaborar con rostro humano para destrabar el país. Gobernar un país con un 65% de rechazo hacia la clase política exige sanar heridas y hablar con la verdad técnica. Es hora de apagar el incendio de la pradera, soltar la agenda de la impunidad y empezar a construir, desde la empatía y la gestión real, el Perú que el ciudadano de a pie se merece.

(*) Marketing 5.0 I Análisis Político Moderno I Humanización con Propósito

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