
En estos tiempos se hace imperativa una autocrítica de la clase política. Los exabruptos, sobresaltos, incertidumbre y el hedor de un fraude difícil de probar judicialmente requieren un cambio rotundo en la forma de hacer política en nuestro país. El desastre político que vivimos hoy, con más de 40 partidos participando en elecciones presidenciales, lejos de “democratizar” la política, lo único que genera es desorden, caos, dispersión del voto, confusión ciudadana, alianzas criminales, desorientación y tantas otras perversidades que influyen en el desánimo ciudadano, en las ganas de no votar o protestar viciando el voto.
La reforma política con el nuevo Congreso debería garantizar reglas claras y realistas, evitando el oportunismo de “ganar a río revuelto”, de “tentar” pasar una valla electoral mientras se trafica con las legítimas aspiraciones de quienes muchas veces son timados o despojados de recursos que solo benefician a unos cuantos dirigentes, menos a quienes no llegaron a obtener una curul. Estas prácticas deben ser desterradas por el bien de la patria. La autocrítica partidaria pasa necesariamente porque los partidos políticos recuperen los espacios perdidos o “dados en bandeja” a la izquierda en todos los sectores de la población.
Deben renovar sus conceptos ideológicos y políticos, reestructurar sus mensajes y sus organizaciones, acercándose al pueblo para que sepan que existen políticos que verdaderamente lucharán por ellos, interpretando las necesidades y aspiraciones de la población. Los partidos tienen la obligación de mejorar su visión del país, formar líderes y cuadros técnicos, elaborar propuestas de gobierno viables de acuerdo con la realidad, gobernar con honestidad y eficacia, y fiscalizar correctamente cuando les corresponda estar en la oposición. Esta es una verdadera autocrítica con acción.
Deben desterrarse los intereses particulares y privilegiar el interés nacional. Que ya no sea una práctica habitual gobernar para sus grupos económicos, familiares, sindicales o ideológicos, o subordinarse a intereses extranjeros antes que a los intereses peruanos. Se debe tener una visión internacional de negocio como país rico en recursos que somos, privilegiando la industrialización para dar más y mejor trabajo a todos los peruanos. Hay mucho por hacer y de manera urgente. Debemos tomar en cuenta, sea gobierno o no, que de todas las amenazas que acechan al país las principales y más complejas para combatir son la corrupción y el fenómeno criminal.
La corrupción generalizada en casi todo el aparato del Estado, así como la perversa dinámica evolutiva de la criminalidad, ambas amamantadas por la impunidad que provee el sistema de justicia (Policía, Fiscalía, juzgados e INPE). Este es el primer y más grande escollo que debemos saltar, y eso se hace, sí y solo sí, con instituciones fuertes, sólidas, bien conformadas y con el mejor perfil de gente. La autocrítica con acción será, pues, el reto personal y el desafío institucional de todas y cada una de las instituciones del Estado. La participación del empresariado nacional e internacional y la suma de los esfuerzos de la sociedad organizada, conjuntamente con la población, serán el motor que sostenga al país y la mejor muralla contra cualquier tipo o clase de totalitarismo que intente sacar la cabeza o mostrar sus colmillos. Autocrítica en acción: prepararse para todo, estar listos a luchar desde la trinchera que el destino nos ha dado.
(*) Exdirector general de Inteligencia del Mininter y ExGein
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