Opinión

El perfil del presidente que necesita el Perú

Por: Rafael Velásquez Soriano

Elegir a un presidente no es solo optar por una persona, sino definir el tipo de liderazgo que marcará el rumbo del país en los próximos años. En escenarios complejos, esa decisión adquiere mayor relevancia, porque no se trata únicamente de propuestas, sino de la capacidad de conducir un proceso de gobierno en medio de múltiples desafíos políticos, económicos y sociales.

Según el INEI, más del 70 % de ciudadanos en el Perú considera que la honestidad es la principal cualidad que debe tener un gobernante, mientras que cerca del 60 % prioriza la capacidad de gestión como un factor determinante. Estos datos reflejan una demanda clara por liderazgos que no solo prometan, sino que actúen con responsabilidad, transparencia y resultados concretos.

El perfil que se necesita hoy no responde a una sola característica, sino a una combinación de capacidades que deben integrarse de manera coherente. Un presidente debe tener visión estratégica, pero también habilidad para ejecutar, criterio para tomar decisiones y disposición para asumir responsabilidades en escenarios adversos que requieren firmeza y claridad.

Creo que, en el contexto actual, el carácter del líder es tan importante como su preparación técnica, porque gobernar implica enfrentar presión constante, tomar decisiones impopulares y sostener una línea de acción en medio de la incertidumbre. La estabilidad emocional y la coherencia se convierten en factores determinantes para garantizar una gestión consistente. También es fundamental que el próximo presidente entienda la importancia del trabajo en equipo, porque ninguna gestión se sostiene sin un respaldo técnico sólido que permita ejecutar políticas públicas con eficiencia. La capacidad de rodearse de profesionales competentes influye directamente en la calidad de las decisiones y en la continuidad de las acciones de gobierno.

El país necesita un liderazgo que no solo reaccione frente a las crisis, sino que tenga la capacidad de anticiparse a ellas mediante planificación y análisis. La improvisación ha demostrado sus límites en distintos momentos, por lo que una mirada de mediano y largo plazo se vuelve indispensable para construir estabilidad.

A lo largo de los últimos años, se ha evidenciado que las decisiones poco acertadas tienen efectos inmediatos en la economía, en la confianza y en la vida cotidiana de las personas. Por eso, gobernar no puede entenderse como un ejercicio improvisado, sino como una responsabilidad que exige preparación, criterio y compromiso con el país.

Elegir bien no garantiza un gobierno perfecto, pero sí puede marcar la diferencia entre avanzar con estabilidad o enfrentar nuevas crisis. En un contexto exigente, el liderazgo deja de ser una cualidad deseable y se convierte en una necesidad urgente, porque de esa elección dependerá no solo el presente, sino también el rumbo que tomará el Perú en los próximos años.

(*) Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima

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