Opinión

El ausentismo electoral: cuando no votar también es un mensaje

Por: Rafael Velásquez Soriano

No todos los ciudadanos que se alejan de las urnas lo hacen por desinterés. En muchos casos, la ausencia en una elección refleja una postura frente al sistema político, o es una forma silenciosa de expresar descontento. No participar también comunica, porque detrás de esa decisión existen razones que no siempre se visibilizan, pero que influyen directamente en la legitimidad del proceso democrático.

Según datos de la ONPE, en elecciones recientes en el Perú la participación electoral ha bordeado el 75 %, lo que implica que cerca de un 25 % de ciudadanos no acudió a votar pese a ser obligatorio y prefieren pagar la multa. Esta cifra no es menor, porque evidencia que una parte importante del electorado se mantiene al margen del proceso, lo que plantea interrogantes sobre su nivel de representación real.

El ausentismo puede explicarse por distintos factores que van desde la desconfianza en los candidatos hasta la falta de identificación con las propuestas que se presentan en campaña. En otros casos, responde al cansancio acumulado frente a una política que no logra generar cambios concretos en la vida de las personas, lo que reduce progresivamente el interés por participar.

Considero que este fenómeno afecta directamente la calidad de la democracia, porque reduce la base de participación sobre la cual se construyen los resultados electorales. No es lo mismo ser elegido por una amplia mayoría que por un reducido grupo de votantes, ya que la legitimidad no solo depende de ganar, sino también del nivel de participación ciudadana.

También es importante analizar quiénes son los que no votan, porque en muchos casos se trata de sectores que ya se encuentran alejados del sistema político o que sienten que sus demandas no son escuchadas. Esta ausencia genera un vacío en la representación y profundiza desigualdades dentro del país, afectando el equilibrio democrático.

El ausentismo sostenido en el tiempo puede convertirse en un problema estructural, porque normaliza la idea de que la participación ciudadana no es relevante dentro del sistema democrático. Cuando votar deja de ser una prioridad, la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales y se debilita la cultura cívica en la sociedad.

Además, cuando la ausencia se repite elección tras elección, el sistema político pierde capacidad de renovación y de conexión con los electores. La falta de participación no solo impacta en los resultados, sino también en la calidad de la representación y en la legitimidad de las decisiones que se toman posteriormente.

Frente a este escenario, el desafío no pasa únicamente por sancionar la inasistencia, sino por recuperar la confianza en el sistema político mediante propuestas claras y resultados concretos. La participación no se impone, se construye a partir de credibilidad, representación y coherencia en la acción pública.

Cuando millones de ciudadanos optan por no participar, el mensaje es claro. Ignorarlo puede ser un error, porque en ese silencio también se refleja el nivel de desconexión que existe entre la política y una parte importante de los ciudadanos, quienes son finalmente los que se benefician o se perjudican con las decisiones de los gobernantes.

*Abogado y exdecano del Colegio de Contadores Públicos de Lima

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