Opinión

Las lecciones del estrecho de Ormuz

Por: Ángel Delgado Silva

No fue un paseo militar de weekend, como creyó la inteligencia de Israel y EE. UU. Tampoco decapitar a la dirigencia, incluyendo al jefe espiritual, doblegó la resiliencia iraní. Menos “cambiar el régimen”, como se dijo. Poco o nada sirvió violentar el derecho internacional con una agresión artera, mientras se negociaba en Omán, para conjurar una “amenaza para el mundo”. Los herederos de la antigua Persia siguen enriqueciendo el uranio y podrían fabricar la temida bomba atómica en breve tiempo, según el Organismo Internacional de Energía Atómica. Peor aún, en el contexto bélico los iraníes podrían derogar la fetua del asesinado Alí JAMEINI, que prohibía las armas nucleares.

A dos meses del ataque, la frágil tregua de junio de 2025 (tras la guerra de los 12 días) ha devenido en un incendio que alcanza a todo el Medio Oriente. La respuesta iraní ha destruido las bases militares de EE.UU. localizadas en las monarquías del Golfo Pérsico, ha afectado infraestructura militar y civil israelí y ha extendido el conflicto al Líbano (Hezbollah) y Yemen (Hutíes). Y el estrecho de Ormuz cerrado ha puesto en jaque al mundo entero, pues liberarlo implicaría escalar la guerra y destruir la economía global. Todo lo contrario al supuesto del 28 de febrero de este año. Hoy la situación internacional es infinitamente más explosiva y peligrosa que antes de tal fecha nefasta.

Cualquiera sea la deriva, la derrota de Donald TRUMP es total. Ha echado por tierra su promesa electoral de acabar con la participación de EE. UU. en los conflictos mundiales. Y ha puesto al planeta al borde del holocausto. El desencanto entre sus propias filas es palpable. Con certeza perderá las elecciones legislativas del mes de noviembre. Sin mayoría en el Congreso, un impeachment puede traer abajo su mandato presidencial. Estamos próximos al final de la era TRUMP.

Como generalmente acontece en la historia, los protagonistas, sin querer, provocan situaciones adversas. En lugar de recuperar la hegemonía de EE. UU., su presidente la debilita ostensiblemente. El balance del fracaso en Irán termina beneficiando a las superpotencias que lo sostienen: la Federación Rusa y China. Sin mover un dedo logran que EE. UU. se aísle de Europa (la OTAN no participa en la aventura), que sus aliados árabes estén desconcertados e indefensos y que el Sur Global repudie sin miramientos su política imperial y belicista.

Entre estertores asistimos al final del tiempo inaugurado con la caída del Muro y la desaparición de la URSS, a finales del siglo XX. El orden internacional que surgió: neoliberal, “basado en reglas”, bajo el dominio indiscutido de EE. UU., está periclitando. Se avizora otro marcado por políticas imperiales, en vez del derecho, donde tendrá que compartir el poder geopolítico con Rusia, China y quizá la India.

(*) Abogado constitucionalista

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