Opinión

Atrapado en su laberinto

Por: Ángel Delgado Silva

Mientras escribo estas líneas, la ONPE no ha oficializado resultados finales. Es poco serio, incluso temerario, extraer conclusiones definitivas. Menos obtener lecciones, fijar responsabilidades o establecer consecuencias políticas. Para no caer en especulaciones sin base –vista la fragilidad de la data electoral– es menester abstenerse de comentar las vicisitudes del sufragio ocurridas el domingo último, así como la correlación de fuerzas que ha emergido. Lo haremos en las próximas horas; pero en lo inmediato puede esperar.

Esta circunstancia obliga a volver las miradas hacia la coyuntura exterior, la cual debiera merecer la máxima atención. No es cualquiera. Guarda semejanza a un volcán a punto de erupción y amenaza con convulsionar a todo el planeta.

Recordemos que el 28 de febrero –pendientes negociaciones– fuerzas combinadas de Israel y EE. UU. bombardearon instalaciones de Irán y dieron muerte a sus máximos dirigentes. Confiaban provocar una reacción que acabara con el régimen de los ayatolás y colocar uno prooccidental. Una cirugía dura y veloz, expeditiva y eficaz. Todo en aras de “un mundo más seguro”. ¡Donald Trump dixit!

¡Pura ilusión! ¡Nada más lejos de la realidad! No hubo ningún paseo militar triunfal de un par de días. Al preterir la resiliencia iraní, fracasa la casus belli de los agresores. La respuesta no estaba prevista en sus libretos. El martirio de Alí Jameiní ha devenido en un factor adicional de cohesión nacional y religiosa; jamás la clave de su fractura, como suponían los asesinos. Igualmente, la contundencia de sus misiles y drones contra las bases norteamericanas en los países del Golfo incendia la región y extiende el campo de batalla. El cierre del Estrecho de Ormuz es la verdadera bomba atómica de Irán, por sus efectos letales para la economía mundial.

Un mes y medio después, el problema de Trump es cómo salir del laberinto que lo aprisiona, desprestigia y mata sus expectativas políticas.

¿Cómo retirarse sin aparecer vencido? ¿Cómo omitir que, a pesar de la devastación y muerte, Irán no ha sido derrotado, menos rendido? ¿Cómo reconocer que el fundamentalismo islámico seguirá imperando y no retrocederá el enriquecimiento del uranio? Y quizá lo más significativo: ¿cómo admitir el dominio soberano iraní sobre el Estrecho, cuya clara expresión es el peaje cobrado a las embarcaciones que transitan por allí?

La disidencia de la OTAN, el mayor peso que adquiere la oposición interna, la ruptura con Giorgia Meloni, gran aliada otrora, y la pelea pública con el papa León IV se han erigido, por ahora, en muros infranqueables contra el escalamiento del conflicto. ¡Pero no es fácil! La retirada de EE. UU., problemática en sí, tiene secuelas: abandonar a Israel, su principal aliado, y fortalecer a China y Rusia, sus rivales por la hegemonía del orden internacional futuro.

(*) Abogado constitucionalista

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