Opinión

Del humor al terror: Carlos Álvarez y las manos que mecen su cuna

Por: Luciano Revoredo

En el Perú estamos condenados a que cada cierto tiempo surjan amenazas políticas bajo la forma de saltos al vacío. Hoy, la política nacional, a través de las encuestas de la corrupción, nos presenta una puesta en escena que, lejos de dar risa, debería encender todas las alarmas de quienes creemos en la democracia y las instituciones republicanas. Se trata de la candidatura de Carlos Álvarez y su partido “País Para Todos”, una amalgama de humorismo populista, pasado castillista y un “dueño” de partido con un prontuario de terror.

Nadie duda del talento artístico de Carlos Álvarez, pero gobernar un país no es un sketch de televisión ni una imitación política. El candidato ostenta una nula experiencia en gestión pública. Nunca ha manejado un presupuesto municipal, nunca ha dirigido una dirección regional, mucho menos ha comprendido la complejidad de la estructura del Estado.

Su propuesta de “mano dura” suena bien en los oídos de un pueblo harto de la delincuencia, pero detrás del grito no hay un plan técnico, solo el eco de un aspirante a outsider que, como ya vimos con Pedro Castillo, termina siendo un rehén de quienes le prestaron la inscripción partidaria.

Acompañando a Álvarez en la primera vicepresidencia está María Cristina Chambizea Reyes. Bajo un barniz técnico, Chambizea arrastra un pasado que la vincula directamente con el ecosistema que llevó a Pedro Castillo al poder.

Como secretaria ejecutiva de REMURPE, no fue una observadora externa; fue una pieza clave en la coordinación con los alcaldes rurales de Cajamarca durante el nefasto gobierno de Castillo. Mientras el país se hundía en la corrupción y el asedio a las instituciones, Chambizea operaba en los “Consejos de Ministros Descentralizados”, aquellas plataformas que Castillo usaba para azuzar el odio y la división. ¿Es esta la “renovación” que nos ofrecen? ¿Una técnica que convivió con el castillismo y ahora se disfraza de orden junto a un comediante?

Pero lo más grave ocurre detrás del telón. El dueño del partido, Vladimir Meza Villarreal, es un personaje que representa todo lo que un país decente debería rechazar. Meza no es solo un político regional con ambiciones; es un hombre con sentencia por violencia familiar (2015) y que ha enfrentado pedidos de hasta 10 años de cárcel por corrupción de su época como alcalde de Huaraz.

Más inquietante aún es su sombra sobre la legitimidad democrática. Sindicado por colaboradores eficaces como el presunto coordinador de un fraude electoral para beneficiar a Perú Libre en 2021, Meza es el tipo de “operador” que no busca el bienestar nacional, sino la impunidad. Hoy, postula al Senado con el número 2, asegurándose un blindaje mientras usa a Álvarez como un gracioso caballo de Troya para tomar el control del Estado.

El Perú no merece más experimentos. No necesita a un candidato débil que, por su propia ignorancia del manejo estatal, terminará entregando las llaves de Palacio a un dueño de partido con deudas pendientes con la justicia y a una vicepresidente con raíces en la izquierda radical, esto por no entrar en detalles desagradables sobre la sombra que haría el papel de primera dama o como se le quiera llamar.

Detrás de las risas y la “mano dura” de trapo de Carlos Álvarez, se esconde la misma red que ya nos llevó al abismo hace cinco años. Como ciudadanos, y especialmente desde los espacios de defensa de la libertad, tenemos la obligación de desenmascarar esta farsa antes de que el telón caiga sobre nuestra democracia una vez más.

(*) Analista político

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