
La crisis que atraviesa Perú hoy no es solo de inestabilidad política; es la factura económica y social de un proyecto ideológico deliberado que ha intentado desmantelar la economía social de mercado en favor de un Estado fuerte y controlador. Este proyecto encontró sus canales de presión y coordinación en figuras como el líder de Perú Libre, Vladimir Cerrón, y la injerencia velada de actores externos, ejemplificada en el accionar del exembajador cubano, Carlos Zamora.
El Perú hipotecado
El país no está exhausto solo por el recuerdo de las protestas o la vorágine de las destituciones; está exhausto por el estancamiento económico que asfixia la promesa de movilidad social. El detonante de esta crisis de confianza no fue un evento económico, sino un proyecto político. Hablamos de la agenda de Perú Libre, impulsada con fervor por su líder, Vladimir Cerrón, cuya bandera de una Asamblea Constituyente para instaurar un “Estado Fuerte” anti-neoliberal se convirtió en el sismo más destructivo para la economía peruana en años.
La sombra de la injerencia de Carlos Zamora
Este proyecto no se gestó en un vacío ideológico. En su punto de máxima influencia, el Gobierno peruano pareció actuar en tándem con el eje ideológico de la izquierda continental. La presencia del embajador cubano, Carlos Zamora, no se explica por el magro comercio bilateral, sino por la necesidad de coordinar la estrategia política en foros clave como la CELAC. La presunta injerencia cubana, que culminó con el cese de funciones de Zamora, fue la prueba visible de que el plan de “destrozar” el modelo económico peruano tenía un soporte y una hoja de ruta más allá de nuestras fronteras. Se buscaba alinear al Perú con regímenes que, paradójicamente, han demostrado ser máquinas de generar miseria económica.
El efecto de esta colusión fue inmediato: se disparó el riesgo político.
Las Inversiones paradas
El modelo peruano de economía social de mercado, con todas sus imperfecciones, depende de una variable crítica: la confianza en la estabilidad jurídica. Cuando Cerrón y sus aliados prometieron la nacionalización de recursos y el desmantelamiento de los contratos, le pusieron un signo de interrogación gigante a todo el capital invertido en el país. El resultado fue una parálisis en la inversión privada que, por años, fue el motor del empleo. Las grandes mineras frenaron sus proyectos de expansión; los capitales nacionales migraron a otros países, registrando una fuga histórica.
La Factura Social
El costo de este desvarío ideológico, lamentablemente, se paga en las mesas de los hogares más humildes. Las cifras son claras y tristes: millones de peruanos, que habían rozado la clase media, retrocedieron a la pobreza o se hundieron más en la vulnerabilidad. La promesa de una “economía popular” resultó ser, en la práctica, una economía popular de subsistencia donde el Estado, lejos de ser la solución, era la fuente de la incertidumbre.
La conspiración para demoler la estabilidad política y el modelo de mercado, desde el Congreso hasta la coordinación exterior, hipotecó el futuro de la clase trabajadora. Hoy, el Perú lucha por recuperar la confianza que fue destrozada por una agenda política que priorizó la ideología extranjera sobre el bienestar de su propia gente.
(*) Comunicadora digital con servicio público, filósofa, periodista colegiada, docente, estratega, mujer líder del siglo XXI.
