
Desde hace muchos años se ha ido tejiendo como leyenda que Israel es un país democrático occidental donde supuestamente se representan todos los valores.
Otros repiten que Israel es la única democracia del medio oriente. Todo ello es falso, porque como bien lo señala el profesor internacionalista Farid Kahhat en su libro: “Para entender el conflicto palestino israelí”: “Un requisito fundamental para toda democracia (occidental o no) es el de la igualdad ciudadana ante la ley, pero en el Estado de Israel, la Ley de Estado Nación restringe el derecho de la autodeterminación nacional únicamente al pueblo judío.
Ello pese a que alrededor de un 20% de los ciudadanos de Israel no son judíos y a que la mayoría de los judíos del mundo no son ciudadanos de Israel. Este es solo un ejemplo de las leyes que discriminan con base en criterios étnicos y que no solo confieren privilegios a los ciudadanos judíos por sobre los ciudadanos no judíos de Israel: también les confieren privilegios respecto a los palestinos de Jerusalén Oriental, los cuales cuentan con derecho de residencia, pero no con ciudadanía.
Los palestinos que residen en Cisjordania, territorio ilegalmente ocupado por Israel desde hace medio siglo, no solo jamás obtuvieron derechos políticos o civiles por parte de la potencia ocupante, sino que además están sometidos a restricciones en derechos básicos (como los de movimiento y residencia) limitaciones que no padecen los ciudadanos judíos de Israel” Es por eso que grupos de defensa de los derechos humanos como Amnistía Internacional, Human Rights Watch, y la propia Asamblea de la ONU entre otros acusan a Israel de cometer crímenes de apartheid bajo el estatus del derecho internacional.
En conclusión, un país que practica el terrorismo de estado, (como lo hace todos los días el gobierno de Netanyahu asesinando a miles de civiles, la mitad niños) que discrimina étnica y religiosamente y practica el apartheid no puede constituir de ninguna manera un estado democrático. Israel desacató incluso la resolución de la Asamblea General de la ONU que lo admitía como Estado miembro, porque como condición para ser admitido en la ONU, Israel se comprometía a respetar la resolución de 1947 de dividir el territorio del Mandato de Palestina en dos Estados: uno judío y otro árabe, y establecer un régimen internacional para Jerusalén, así como la resolución de 1948 que consagra el derecho de los refugiados palestinos a retornar a sus lugares de origen.
Paradójicamente, no ha cumplido Israel con ninguna de esas resoluciones, y cuando se les cuestiona semejantes desacatos internacionales, sus gobernantes de manera absurda esgrimen “que ellos tienen un derecho divino a la tierra prometida, que así figura en sus escrituras”. Ante esas barbaridades que fascistamente practica Israel lo único que les quedaría a los palestinos en su propia tierra sería: residir sin ciudadanía, emigrar o morir resistiendo. Por eso es que sostenemos que Israel no es un estado democrático, es lo más parecido a la Alemania Nazi, y que Benjamín Netanyahu es el Adolf Hitler moderno.
(*) Exvicepresidente del Perú
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